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¿Cuándo deja el pasado de ser presente?

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Publicado el 28/11/2008 | 50 Visitas | 0 Comentario(s)

Se abre el hibisco a las ocho y diez de la mañana, un minuto antes de que despierten a los trajines del otoño las hormigas del naranjo. Hace mucho que el gato, ensimismado en su ficción de puma amazónico, se ocultó de las palomas.

Se desteje la vida entre la realidad y el delirio, entre lo vivido y lo soñado, deshilachando en jirones la luz lunar de una mujer inolvidada, la imagen imprecisa, como observada a través de unas gafas prestadas, de un cuerpo acariciado.

Hay personas destinadas a cambiar nuestras vidas. Personas que están a un tris de llevarnos al paraíso, pero que acaban abocándonos a las antípodas de este. Y no nos importa en absoluto. El naufragio forma parte del juego de vivir.

Y un alma desnortada no deja de cometer actos ilógicos, las últimas acciones que le empujan al abismo. Buscamos al héroe capaz de apostar el todo o nada, y acabamos convertidos en Tersites. O peor aún, en comensales sentados en la mesa equivocada mientras comen camarones pensando absurdamente en otra cosa.

Así es como, las ventanas del tiempo, desperezan sus ganas de vivir un 22 de octubre de 2008. Así es como, Dios, olvida la certidumbre total de lo que ha de pasar durante el día.

Pero dejémonos de hostias, Winelight de Geral Albright por los altavoces. Porque un saxo sonando convierte la tristeza en otra cosa. Y porque hoy necesito escribir por encima de todas la palabra nacer.

Mañana por la noche lloverán manzanas y parirán en junio nuevos hijos en el barrio más popular de las ciudades. Aunque no lo hagan. Aunque parezca imposible. Porque para que algo suceda sólo es necesario que alguien lo sueñe.

En el amor acabamos buscando algo que ni siquiera sabemos si existe. Y cuando creemos atisbarlo no sabemos ya de qué se trata.

De nuevo la lluvia, nuevamente el cielo encapotado, con su traje de azul Prusia entre las nubes. Puede que hoy no nieve en París y que todas las historias tengan que ser escritas por Bartleby. Puede que hoy la decisión más sensata sea finalmente la más insensata de todas.

Anda la vida buscando un local en alquiler, un hotel en la rue de Beaux Arts, una metáfora que se salve, como Milvana Dean, del Titanic. Anda la vida entre mil camas, en una ola, en una fiesta que no acaba. Anda la vida distraída del dolor y sus enojos, concentrada en un beep de negrona, haciendo juegos malabares a ocho manos.

Andamos todos entre harapos y camisas Turnbull & Asser de once varas. Y así nos va. Creyéndonos los amos disparando con la pólvora del rey.

Porque la vida es algo más que una ecuación de cuatro letras y el fantasma de Bukowski por la avenida De Longpre. Algo más que el blanco y negro de los que siempre lo tienen todo claro y juzgan al primer golpe de vista. De los que siempre meten el dedo en las heridas.

La vida es elegir. Y elegimos. O eso creemos.

Y se rompió la botella de aguardiente del Valle al primer golpe, se partieron las maracas al primer son, y ya no hubo música en Cali ni cañaveral en Torrevieja. Al primer instante llegó un dolor que trocó cualquier ensueño en majadero.

Una biografía que nunca tuvo lugar encubrió entre las ruinas del recuerdo el secreto de un amor que no podía ser. Que no podía ser. Y fue. Fue un nosotros quebradizo y perenne, un nosotros inverosímil y eterno, un plural napolitano con las mejores vistas al volcán desde las calles de Pompeya y Herculano.

Contigo llegó la lava y Coral Chandler cantando It must be love. Poco después apareció Kitty Collins con su The more I know of love. Y, créeme amor, eso no hay cuerpo que lo resista.

Sonó el despertador. Y yo ya no era Reht Butler sino un vulgar doctor Pasavento buscando una nueva identidad, un nuevo pasado de rubias platino y botellas de bourbon en cualquier motel Flamingo. Un tipo duro entre Capone y Montoya con una infancia sacrificada en orfanatos y un par de años rondando las rejas de Madison Street.

Pero la noche seguía aferrada a un cafetal, a un trópico cargado de aromas de dulce manjar blanco y ron viejo de Caldas. La noche se empeñaba en olvidar que no nos habíamos ganado este baile con Fred Astaire, esta rumba caleña donde no nos cabían las verdades y nos sobraba sufrimiento por todas partes.

Sigue la novela resistiendo el viento de las tardes. No se deja llevar por los ocasos dorados ni por madrugadas inciertas. Si contáramos las veces que ha salido el sol sería, aparte de una pérdida de tiempo, una solemne tontería. Porque el único que importa es el de ahora.

El pasado nunca se sube al tranvía que no tiene destino. Prefiere perderse entre rumores, entre dimes y diretes. El pasado es demasiado cabrón para olvidarse a sí mismo. Tiene todo un ejército de gargantas para el trabajo sucio. Le gusta agigantarse, convertirse lo mismo en leyenda, en mito, que en auténtico disparate, en purita mentira.

Supongo que es así como se venga de las veces que quisimos haberlo cambiado. Las veces que quisimos haber callado alguna vez, haber tomado otro camino, no haber dado aquellos besos; haber sido finalmente otro.

Volvió a sonar el despertador. Y rondaba la locura los pliegues de la cama. Una locura que, a juzgar por el dolor de cabeza, llegaba para quedarse largo tiempo.

Y recuerdo ahora la palabra nacer. Y me estremezco. Nos pasamos la vida ocultando algo. Qué más da lo que sea. Los errores jalonan la existencia de cualquiera.

Miro a mí alrededor y me conforta ver los libros en la biblioteca. Los viejos libros en los que fui otro tantas veces. Mil vidas transcurren en sus páginas. Mil vidas que viví como si fueran la mía. Pero, me disperso. No va por ahí el tema.

Nos pasamos la vida ocultando algo, afirmaba antes. Prescriben los delitos al cabo de un tiempo determinado. Todos, incluido los más atroces, llevan su fecha de caducidad desde el mismo instante en que se cometen. Y no sé qué diablos quiero decir con todo esto. Sólo sé que una pregunta me ronda la cabeza. Una pregunta cuya respuesta la lleva a cuestas el futuro:

¿Cuándo deja el pasado de ser presente?

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