Los días son jodidamente raros en la ciudad del humo. Quizá nunca
tendría que haber abandonado las secas estepas de las que provengo.
Quizá el mito del hombre itinerante sea sólo basura romántica. En fin,
no tiene sentido justificarse. Los días en la ciudad del humo son
jodidamente raros se mire como se mire. El orden natural parece
alterarse en las macroacumulaciones de homínidos apilados. La selva
tiene su sentido, pero el bosque de hormigón desafía cualquier lógica,
cualquier mínimo sentido argumental en la disertación de la materia.
Hoy
he vuelto a cruzarme con vecinos que desconozco tras años de viajes en
ascensor. Creo que me miran raro. Quizá sea porque nunca me quito las
gafas de sol, a no ser que el día sea tenebrosamente nublado. Quizá sea
porque no me gusta el fútbol y paso de hablar de meteorología con gente
que ignora el efecto balsámico de los vientos atlánticos de componente
oeste, verdadera clave de nuestra apurada hidrología.
No sé.
Nunca
he sabido demasiadas cosas, pero en la ciudad del humo la ignorancia
acaba por convertirse en virtud. En la ciudad del humo las cosas
pierden el poco sentido que tenían y derivan en fantasmagorías más o
menos lúdicas. Todo es diferente aquí. Para empezar, no es necesario ir
al mercado para conseguir alimento. No hablemos de cazarlo en un medio
totalmente arrasado por el asfalto donde sólo sobreviven las ratas de
alcantarilla y las ratas del aire, también conocidas como palomas. Aquí
la comida se consigue en unas naves industriales dotadas de grandes
refrigeradores llenos de bandejas de plástico con carne muerta dentro.
Tú escoges la carne con pinta menos apestosa y luego le das dinero a
una señorita extrañamente ataviada que aguarda tras complicadas cajas
de cómputo.
Con la bebida ocurre lo mismo. Aquí nadie destila
su aguardiente. Hay que adquirirlo mediante preciadas monedas y pagando
por ello un impuesto al Estado. Demencial. Los licores más agradables
suelen estar más allá de mis capacidades económicas, ya que en este
nuevo orden urbano suelo emplearme como sexador de pollos o repartidor
de folletos publicitarios a domicilio. Me hablaron de vender mi cuerpo,
pero dije no. Prefería comprar cuerpos ajenos que dejar que jodieran el
mío. Preferí mantener alejados los conceptos carne y dinero por muy
excitante que resultase toda relación basada en el intercambio de
sensación por materia.
El clima en la ciudad es muy diferente
al de la estepa de la que provengo. Aquí no hay grandes oscilaciones
térmicas. Los muros de ladrillo y los suelos asfaltados hacen que el
calor se dosifique implacablemente, regulando la temperatura para que
su fluctuación sea lo menos traumática posible. Por todas partes hay
fuentes de calor y techumbres para ignorar las escasas lluvias. El
rocío de la mañana sólo puede posarse en las carrocerías de los coches
y en las podridas ramas de los árboles enfermos. Enanos arbustos
plantados por administraciones hijas de la gran puta.
Es
triste la ciudad. Los parques intentan recrear naturalezas perdidas,
pero todo es demasiado sórdido, demasiado lineal y programado. Todo
está demasiado libre de la genuina violencia de la selva y el campo.
Especies controladas para controlar a otras especies. Intercambios de
carne y dinero al anochecer. Robos y violaciones y ataques a la
integridad personal a todas horas.
La ciudad es un medio
hostil, por eso yo siempre llevo un par de piedras en el bolsillo. No
me gustan los cuchillos, son un arma cobarde. Prefiero la dignidad del
mineral reventando cráneos. No me gustan las armas de fuego, son un
recurso castrante. Prefiero la sonoridad de un palo contra el lomo del
agresor. La tranquilidad de los materiales naturales se transmite por
medio del tacto. Es una especie de filosofía oriental, según he podido
ver en ciertas películas coreanas.
Es inevitable sentirse
acorralado en la ciudad del humo. Las casas son pequeñas y están
apiladas unas sobre otras. Las casas tienen paredes de papel y convives
hermanado con los ruidos de los desconocidos. Pues compartir incluso el
olor de sus comidas, pues los sistemas de evacuación de humos suelen
averiarse, especialmente en los días de viento. No hacen falta prendas
de abrigo en la ciudad. Todos los edificios públicos están a más de 20
grados durante todo el invierno, y a menos de 18 durante gran parte del
verano. Es como si un ente espacial intentase anestesiar los cuerpos de
sus habitantes para que no padecieran el vivificante dolor de los
extremos.
Los habitantes de la ciudad son gente tibia,
amedrentados peleles que vomitan su ira de modo verbal, a lomos de sus
vehículos motorizados. Gente que se grita y se empuja y se odia a
muerte, pero sin llegar a tocarse. Sólo el loco da el paso hacia la
antigua barbarie cercenando algún cuello. Sólo el loco merece ser
encerrado por asesino y por primitivo. En la ciudad también encierran a
los que no piensan como está ordenado. A los que no cumplen su cuota de
consumo o de sociabilidad obligada. La ciudad es porque la gente desea
que así sea. No hay lugar para el disidente en la ciudad. Algunos se
engañan adoptando estéticas alternativas. Ocupando espacios
supuestamente ajenos, normalmente abandonados, para desempeñar labores
culturales o de mera supervivencia. Su actitud es extraña, pues la
batalla está perdida. El Estado y su hermano pequeño, también llamado
Ayuntamiento, es quien tiene el monopolio de la fuerza. Vencer al
Estado es imposible por la inferioridad numérica de disidentes. Vencer
al Ayuntamiento sería posible siempre que el número de locos fuera el
adecuado. Por desgracia, las hordas policiales autonómicas acudirían
corriendo a masacrar a los osados.
Los policías del Estado
sólo necesitaban tener el graduado escolar para ejercer la fuerza
bruta. Aquello era extraño. Para tareas tan delicadas habría que exigir
varios doctorados, o quizá un analfabetismo completo. Nada de
peligrosas medias tintas. La ciudad emanaba peligro por todos sus
poros. O te atacaban los miembros resistentes a la propia ciudad, o te
masacraban los responsables de hacer que todo siguiera exactamente
igual de jodido, o sea, tus propios impuestos materializados en forma
de tipos con uniforme, armados, conservadores por definición, violentos
por definición, democráticamente homicidas por definición. No había
grandes diferencias entre el modo de administrar la fuerza por un
policía o por un skinhead. La mitad del país apoyaba opciones políticas
basadas en la nostalgia de una dictadura, así que los cerebros rapados
tenían tanta autoridad moral como los uniformes de color marrón.
Salgo
poco en la ciudad del humo. Da un poco de miedo adentrarse en semejante
sinsentido. Una vez conseguidas las monedas para comprar bandejas de
carne muerta y el alquiler del nicho-vivienda, el único motivo para
adentrarse en las calles es la nostalgia por el contacto humano. El
deseo sexual aún no muerto, aunque quizá se trate de la mera
confraternización alrededor de algún hipotético fuego. Pero como los
instintos son mucho más fuertes que el sentido común, o cualquier forma
de razonamiento, algunas veces acabo saliendo del nicho tras las 10
horas de trabajo aniquilador. Necesito volver a sentir el calor de las
entrañas de una joven lo suficientemente salvaje como para debatir
profundamente sobre el sentido de las cosas antes de enterrarme en los
pliegues de su sexo. Necesito beber el vino artificial de las tabernas
acunado por los bramidos de sus parroquianos enganchados a los deportes
de masas. Necesito sentir el frío de la calle entrando a ráfagas
mientras apuro mi vino y el camarero sonríe complacido porque su equipo
gana. Y su equipo es un poco el mío, aunque me la sude. Y su alegría
hace que el ser humano me parezca un poco menos anormal.
Necesito
conocer en profundidad a la chica del burdel porque las demás
pertenecen a secretas familias cerradas, grupúsculos basados en el
tiempo y algo extraño que llaman amistad, donde son desposadas en plena
adolescencia. Aquí todo el mundo es inmisericorde con el extraño, con
el extranjero. Hasta los que vienen de países lejanos odian al extraño
que soy. Ellos tienen ya montados sus sistemas sociales de
ultrasupervivencia. Es divertido ser ignorado por propios y foráneos.
Ser un paria absoluto en una ciudad enfermizamente grande.
Grandilocuente y absurda. Estúpida y colosa. Tan estúpida como colosa.
Pero
lo que quería contarte es lo jodidamente raros que son los días en la
ciudad del humo. Hoy un chica del centro quería beberse mi esperma, así
me lo dijo, y yo accedí encantado a una muestra tan sincera de
hermanamiento animal. El problema es que, al acabar, pretendió que le
diera una importante parte de mis piezas dinerarias, a lo que me negué,
por supuesto. Entonces ella se puso muy nerviosa y llamó a un tipo,
supongo que su protector, quien empezó a zarandearme con espantosas
amenazas si no le daba el preciado metal. No tuve más remedio que
zafarme de su abrazo mortal y, aprovechando una táctica que aprendí
cazando jabalíes en los pinares esteparios, tumbarlo de lado y patearle
la cara hasta que la desintegración de su hueso nasal colapsó gran
parte del riego sanguíneo de camino a su cerebro.
No quise matarlo porque supuse que todo había sido un malentendido.
La
chica se quedó como petrificada, llorando, o gritando, no sé, el caso
es que todo aquello me inspiró la posibilidad de una segunda descarga
de mi esperma en su boca. Ella accedió de buena gana. Algo bonito
estaba surgiendo entre nosotros. Quizá mis ingresos de mierda pudieran
contemplar la posibilidad de cierta convivencia con ella. Sus lágrimas
bañaron mis cojones mientras sentía el catapultado impulso de la lefa
campestre saliendo disparada hacia lo más profundo de su garganta. El
amor aparecía en los rincones más sucios purificándolo todo, a veces.
Eran raros los días en la ciudad del humo, pero se podían aguantar. Era posible sobrevivir casi en cualquier parte.
(...)
Espero
que te haya gustado mi crónica. Hace poco que escribo y confundo
tiempos, lugares y personas. Tómalo como lo que es. Agárralo y haz lo
que quieras con él. Tan sólo quiero mi participación en los beneficios,
no sea que te ocurra lo que al protector de mi nueva novia.
Un abrazo, o un beso según quién y cómo seas.
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