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Ciudad de humo

southmac

Autor southmac

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Publicado el 28/01/2008 | 182 Visitas | 0 Comentario(s)

Los días son jodidamente raros en la ciudad del humo. Quizá nunca tendría que haber abandonado las secas estepas de las que provengo. Quizá el mito del hombre itinerante sea sólo basura romántica. En fin, no tiene sentido justificarse. Los días en la ciudad del humo son jodidamente raros se mire como se mire. El orden natural parece alterarse en las macroacumulaciones de homínidos apilados. La selva tiene su sentido, pero el bosque de hormigón desafía cualquier lógica, cualquier mínimo sentido argumental en la disertación de la materia.

Hoy he vuelto a cruzarme con vecinos que desconozco tras años de viajes en ascensor. Creo que me miran raro. Quizá sea porque nunca me quito las gafas de sol, a no ser que el día sea tenebrosamente nublado. Quizá sea porque no me gusta el fútbol y paso de hablar de meteorología con gente que ignora el efecto balsámico de los vientos atlánticos de componente oeste, verdadera clave de nuestra apurada hidrología.

No sé.

Nunca he sabido demasiadas cosas, pero en la ciudad del humo la ignorancia acaba por convertirse en virtud. En la ciudad del humo las cosas pierden el poco sentido que tenían y derivan en fantasmagorías más o menos lúdicas. Todo es diferente aquí. Para empezar, no es necesario ir al mercado para conseguir alimento. No hablemos de cazarlo en un medio totalmente arrasado por el asfalto donde sólo sobreviven las ratas de alcantarilla y las ratas del aire, también conocidas como palomas. Aquí la comida se consigue en unas naves industriales dotadas de grandes refrigeradores llenos de bandejas de plástico con carne muerta dentro. Tú escoges la carne con pinta menos apestosa y luego le das dinero a una señorita extrañamente ataviada que aguarda tras complicadas cajas de cómputo.

Con la bebida ocurre lo mismo. Aquí nadie destila su aguardiente. Hay que adquirirlo mediante preciadas monedas y pagando por ello un impuesto al Estado. Demencial. Los licores más agradables suelen estar más allá de mis capacidades económicas, ya que en este nuevo orden urbano suelo emplearme como sexador de pollos o repartidor de folletos publicitarios a domicilio. Me hablaron de vender mi cuerpo, pero dije no. Prefería comprar cuerpos ajenos que dejar que jodieran el mío. Preferí mantener alejados los conceptos carne y dinero por muy excitante que resultase toda relación basada en el intercambio de sensación por materia.

El clima en la ciudad es muy diferente al de la estepa de la que provengo. Aquí no hay grandes oscilaciones térmicas. Los muros de ladrillo y los suelos asfaltados hacen que el calor se dosifique implacablemente, regulando la temperatura para que su fluctuación sea lo menos traumática posible. Por todas partes hay fuentes de calor y techumbres para ignorar las escasas lluvias. El rocío de la mañana sólo puede posarse en las carrocerías de los coches y en las podridas ramas de los árboles enfermos. Enanos arbustos plantados por administraciones hijas de la gran puta.

Es triste la ciudad. Los parques intentan recrear naturalezas perdidas, pero todo es demasiado sórdido, demasiado lineal y programado. Todo está demasiado libre de la genuina violencia de la selva y el campo. Especies controladas para controlar a otras especies. Intercambios de carne y dinero al anochecer. Robos y violaciones y ataques a la integridad personal a todas horas.

La ciudad es un medio hostil, por eso yo siempre llevo un par de piedras en el bolsillo. No me gustan los cuchillos, son un arma cobarde. Prefiero la dignidad del mineral reventando cráneos. No me gustan las armas de fuego, son un recurso castrante. Prefiero la sonoridad de un palo contra el lomo del agresor. La tranquilidad de los materiales naturales se transmite por medio del tacto. Es una especie de filosofía oriental, según he podido ver en ciertas películas coreanas.

Es inevitable sentirse acorralado en la ciudad del humo. Las casas son pequeñas y están apiladas unas sobre otras. Las casas tienen paredes de papel y convives hermanado con los ruidos de los desconocidos. Pues compartir incluso el olor de sus comidas, pues los sistemas de evacuación de humos suelen averiarse, especialmente en los días de viento. No hacen falta prendas de abrigo en la ciudad. Todos los edificios públicos están a más de 20 grados durante todo el invierno, y a menos de 18 durante gran parte del verano. Es como si un ente espacial intentase anestesiar los cuerpos de sus habitantes para que no padecieran el vivificante dolor de los extremos.

Los habitantes de la ciudad son gente tibia, amedrentados peleles que vomitan su ira de modo verbal, a lomos de sus vehículos motorizados. Gente que se grita y se empuja y se odia a muerte, pero sin llegar a tocarse. Sólo el loco da el paso hacia la antigua barbarie cercenando algún cuello. Sólo el loco merece ser encerrado por asesino y por primitivo. En la ciudad también encierran a los que no piensan como está ordenado. A los que no cumplen su cuota de consumo o de sociabilidad obligada. La ciudad es porque la gente desea que así sea. No hay lugar para el disidente en la ciudad. Algunos se engañan adoptando estéticas alternativas. Ocupando espacios supuestamente ajenos, normalmente abandonados, para desempeñar labores culturales o de mera supervivencia. Su actitud es extraña, pues la batalla está perdida. El Estado y su hermano pequeño, también llamado Ayuntamiento, es quien tiene el monopolio de la fuerza. Vencer al Estado es imposible por la inferioridad numérica de disidentes. Vencer al Ayuntamiento sería posible siempre que el número de locos fuera el adecuado. Por desgracia, las hordas policiales autonómicas acudirían corriendo a masacrar a los osados.

Los policías del Estado sólo necesitaban tener el graduado escolar para ejercer la fuerza bruta. Aquello era extraño. Para tareas tan delicadas habría que exigir varios doctorados, o quizá un analfabetismo completo. Nada de peligrosas medias tintas. La ciudad emanaba peligro por todos sus poros. O te atacaban los miembros resistentes a la propia ciudad, o te masacraban los responsables de hacer que todo siguiera exactamente igual de jodido, o sea, tus propios impuestos materializados en forma de tipos con uniforme, armados, conservadores por definición, violentos por definición, democráticamente homicidas por definición. No había grandes diferencias entre el modo de administrar la fuerza por un policía o por un skinhead. La mitad del país apoyaba opciones políticas basadas en la nostalgia de una dictadura, así que los cerebros rapados tenían tanta autoridad moral como los uniformes de color marrón.

Salgo poco en la ciudad del humo. Da un poco de miedo adentrarse en semejante sinsentido. Una vez conseguidas las monedas para comprar bandejas de carne muerta y el alquiler del nicho-vivienda, el único motivo para adentrarse en las calles es la nostalgia por el contacto humano. El deseo sexual aún no muerto, aunque quizá se trate de la mera confraternización alrededor de algún hipotético fuego. Pero como los instintos son mucho más fuertes que el sentido común, o cualquier forma de razonamiento, algunas veces acabo saliendo del nicho tras las 10 horas de trabajo aniquilador. Necesito volver a sentir el calor de las entrañas de una joven lo suficientemente salvaje como para debatir profundamente sobre el sentido de las cosas antes de enterrarme en los pliegues de su sexo. Necesito beber el vino artificial de las tabernas acunado por los bramidos de sus parroquianos enganchados a los deportes de masas. Necesito sentir el frío de la calle entrando a ráfagas mientras apuro mi vino y el camarero sonríe complacido porque su equipo gana. Y su equipo es un poco el mío, aunque me la sude. Y su alegría hace que el ser humano me parezca un poco menos anormal.

Necesito conocer en profundidad a la chica del burdel porque las demás pertenecen a secretas familias cerradas, grupúsculos basados en el tiempo y algo extraño que llaman amistad, donde son desposadas en plena adolescencia. Aquí todo el mundo es inmisericorde con el extraño, con el extranjero. Hasta los que vienen de países lejanos odian al extraño que soy. Ellos tienen ya montados sus sistemas sociales de ultrasupervivencia. Es divertido ser ignorado por propios y foráneos. Ser un paria absoluto en una ciudad enfermizamente grande. Grandilocuente y absurda. Estúpida y colosa. Tan estúpida como colosa.

Pero lo que quería contarte es lo jodidamente raros que son los días en la ciudad del humo. Hoy un chica del centro quería beberse mi esperma, así me lo dijo, y yo accedí encantado a una muestra tan sincera de hermanamiento animal. El problema es que, al acabar, pretendió que le diera una importante parte de mis piezas dinerarias, a lo que me negué, por supuesto. Entonces ella se puso muy nerviosa y llamó a un tipo, supongo que su protector, quien empezó a zarandearme con espantosas amenazas si no le daba el preciado metal. No tuve más remedio que zafarme de su abrazo mortal y, aprovechando una táctica que aprendí cazando jabalíes en los pinares esteparios, tumbarlo de lado y patearle la cara hasta que la desintegración de su hueso nasal colapsó gran parte del riego sanguíneo de camino a su cerebro.

No quise matarlo porque supuse que todo había sido un malentendido.

La chica se quedó como petrificada, llorando, o gritando, no sé, el caso es que todo aquello me inspiró la posibilidad de una segunda descarga de mi esperma en su boca. Ella accedió de buena gana. Algo bonito estaba surgiendo entre nosotros. Quizá mis ingresos de mierda pudieran contemplar la posibilidad de cierta convivencia con ella. Sus lágrimas bañaron mis cojones mientras sentía el catapultado impulso de la lefa campestre saliendo disparada hacia lo más profundo de su garganta. El amor aparecía en los rincones más sucios purificándolo todo, a veces.

Eran raros los días en la ciudad del humo, pero se podían aguantar. Era posible sobrevivir casi en cualquier parte.

(...)

Espero que te haya gustado mi crónica. Hace poco que escribo y confundo tiempos, lugares y personas. Tómalo como lo que es. Agárralo y haz lo que quieras con él. Tan sólo quiero mi participación en los beneficios, no sea que te ocurra lo que al protector de mi nueva novia.

Un abrazo, o un beso según quién y cómo seas.

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