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Publicado el 06/02/2012 | 34 Visitas | 0 Comentario(s)

Quinientos cuarenta y siete días, ocho horas, y contando, desde que mi avión se estrelló en tu olvido y no he sabido nada más de vos. La señora de acá al lado me encontró ayer deslizándome por el pasillo del edificio en serios planes de ganar la calle sin ser advertido y me recomendó que tomara un poco más de aire y luz porque tenía cara de zombi y porque el consorcio ya se está preocupando por mi encierro y los olores que emanan de mi monoambiente. Y se sonrió de par en par con dientes de abuela, ignorando que el martes pasado volví a escribirte aquella carta, la misma carta, la que te envié sin saber cuál era tu domicilio y que hoy llevo en el bolsillo que abriste en mis entrañas ya no recuerdo cuándo.

Contando esa fueron diecisiete las cartas de amor que te escribí y diecisiete que no me respondiste, abonando la superstición justo en mí que tanto le temo y que cruzo de vereda cuando a la noche el gato negro que duerme en la esquina me busca para una caricia fugitiva y siempre termina por alcanzarme tal como la mala suerte que ahora es mi amiga y me habita.

Diez mil seiscientos setenta y dos cigarrillos encendidos, inhalados y estrellados contra el cenicero que nos robamos de aquel hotelito esa noche única, esa única noche, siempre hasta la colilla que indefectiblemente tiene que terminar torcida por la uña del pulgar para no quebrar el hechizo que mágicamente te traerá de vuelta alguno de estos días.

Veintitres, veinticuatro. Veinticinco golpes en la puerta y once llamados de una voz que clama ser la tuya pero sé que no es. Doce, trece, catorce pasos hasta la ventana y un solo giro a la traba para que el aire dulzón y pesado de enero me acaricie la cara. No voy a dejar que me atrapen, bien sabés que no. Voy a caminar esta brisa caliente, diez pasos lentos con el viento acariciándome los pies para luego echar a correr hasta allá donde entre las nubes el sol expande su pecho y zumba el arrullo eterno.

Uno, dos, tres golpes secos y una cerradura que cede para dejar que se abra la puerta y se inunde el monoambiente de policías, vecinos y una mujer estática que humedece sus ojos fijos en la ventana, más que nada por compasión.

(de Laletradesbocada en www.laletradesbocada.wordpress.com)


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