Por Jesús Ademir Morales Rojas
Dijeron mis compañeros que encontraría algún alivio a mi dolor, visitando la tumba de mi amada.
EBN ZAIAT ( Edgar Poe, Berenice)
I
Huyendo de sus demonios, Raskolnikoff embarcó rumbo a América.
Arribó a Baltimore, y permaneció allí largo tiempo, pugnando por
sobrellevar la desaparición de Sonia, embotándose de trabajo en los
muelles, y de licor barato en las sucias cantinas del lugar.
En una de esas tabernas, el joven pronto conoció a un célebre ebrio
vestido de capote negro, un poeta desgraciado por el vicio y la
melancolía, que mendigaba tragos y a cambio, ofrecía recitar oscuros
poemas y elevadas teorías cosmogónicas.
Los borrachos comensales, primero tomaban a gracia el momento en el que
el poeta demacrado se ponía en pie, vacilante, y con chocante
solemnidad, comenzaba sus discursos rimbombantes. Pero luego, incapaces
por su zafiedad de intuir la altura de aquellas exposiciones, le
mandaban callar a base de mofas, inmundicias arrojadas a su rostro, y
oprobiosos empujones.
Durante una de esas humillantes escenas, Raskolnikoff rescató al poeta
de aquella turba feroz, utilizando un bastón que, desde sus tiempos
lejanos de estudiante en San Petersburgo, llevaba siempre consigo.
Los beodos concurrentes al lugar, atemorizados por el talante feroz de
aquel ruso loco, dejaron en paz al maltrecho poeta. Pero cuando ambos
salieron de aquel tugurio, Raskolnikoff sintió sobre su espalda el peso
de muchas miradas saturadas de odio.
Y así, el joven criminal ruso, y un tambaleante y agotado Edgar Allan
Poe, salieron hacia la fría noche, que presagiaba tormenta.
II
Raskolnikoff acompañó a Poe hasta su humilde morada: era una choza
destartalada a las afueras de la ciudad. Allí, el poeta y su esposa
Virginia padecían una miseria extrema. Hasta hace unos días la madre de
ella vivía con ellos, pero una noche había salido a intentar conseguir
fiadas, unas medicinas, y ya no había regresado. Y es que la esposa de
Poe, una niña apenas, prima suya, estaba gravemente enferma: agonizaba.
Poe le mostró a su amigo ruso, a la jovencita postrada en su catre
destartalado. El frágil cuerpecillo se estremecía, convulsionado de
fiebre. Raskolnikoff pocas veces había visto a una persona, sufrir de
tan aguda manera su enfermedad. Se preguntaba cómo era posible que Poe
tolerara tal situación. Le manifestó su inquietud. La chica necesitaba
un médico, para que la asistiera en ese último y doloroso trance. Por
qué no ayudarla en eso. Pero Poe le respondió de una manera que
sorprendió a Raskolnikoff. Le manifestó el poeta, de la belleza que
encerraba toda muerte. El cese infinito de toda posibilidad virtual de
existir. Era una paradoja extraordinaria: teóricamente un agonizante
nunca podría ser capaz de culminar su sufrimiento. Tal proceso guardaba
el secreto de la perfección del cosmos. La muerte infinita era el
trasfondo de una vida imperecedera. Por cada ser agónico, un campo de
flores crecía hermoso en alguna parte del mundo.
Raskolnikoff, al escuchar tales ideas manifestadas con tan mórbido y
elocuente arte, sintió exacerbado su singular intelecto. Imaginó una
realidad potencializada, en donde cada ser llevado sabiamente a una
continua consumición de su existir lograría, junto con muchos otros
seres llevados a una circunstancia idéntica, un monto de energía
enorme, que alcanzaría cotas divinas. Serían las células del cuerpo de
Dios. Y por supuesto, haría falta quien se encargase de resguardar el
orden de todo el proceso: un auténtico Guardián del Ser; el encargado
de someter a un largo e interminable fenecimiento a todos los seres
posibles, a fin de guardar el orden del universo. Era lógico y justo,
además. Él mismo bien podría ser ese admirable cuidador, ese
ultrahombre consciente de la vida de muerte sin fin, que precisaba el
Todo, para darle oportunidad de manifestarse y dominar, a Lo
Trascendente.
Así, ambos hombres contemplaron al pie del catre de la casi muerta
Virginia, el sufrimiento atroz de la joven durante largas horas, cada
uno sumido en sus propios, y poco comunes ideales.
Cerca de alba, una mirada implorante que la pobre víctima dirigió a
Raskolnikoff, hizo al joven reaccionar. Pensó en Sonia, y se estremeció
de asco por sí mismo. Entonces le pidió a Poe que fuese por papel y
tinta para registrar sus propias consideraciones ante el evento que
estudiaban.
Poe, aún con expresión perdida, aceptó el encargo. El poeta salió del
cuartucho. Raskolnikoff se acercó entonces a Virginia, le acaricio con
una mano la frente húmeda, y con la otra le sujetó el cuello. Comenzó a
apretar.
Cuando Poe retornó, Raskolnikoff le dijo que era demasiado tarde.
Virginia había ya partido. Poe contempló el bello cadáver, casi etéreo,
aún en su rigidez inmutable, y cayó al suelo presa de un ataque de
éxtasis conmocionante.
Raskolnikoff lo dejo así, y partió.
III
Algunos días después, desesperado de añoranza por Sonia, Raskolnikoff
acudió a derrochar su paga de estibador, a un prostíbulo. Amó con
distante fiereza, a una preciosa mulata. Ella, agradecida, le tomo
confianza y quiso relatarle la loca anécdota de la visita de su
anterior cliente. Se trataba de un inescrupuloso editor, de una
mediocre publicación de la zona. Había planeado deshacerse de un
escritor que colaboraba en su diario, porque en secreto lo odiaba a
muerte por su carácter excéntrico, pero genial. De tal suerte que se
había organizado junto con algunos maleantes de taberna para hacer
beber al poeta hasta el delirio, y así orillarlo fácilmente a un
suicidio bizarro, suceso que al ser cubierto eficientemente y en
exclusiva por su publicación, le ganaría cientos de lectores.
Para la mulata, sin embargo, esto no había sido más que la bravata
compensatoria, ante ella, de un cliente que no fue capaz de
satisfacerse. Pero Raskolnikoff no lo consideró así. La dejó, y
apresuradamente se dirigió al cementerio local. Llegó hasta la tumba de
Virginia. La tierra aparecía amontonada, junto a la fosa con el féretro
expuesto. El vigilante del cementerio, sin duda obedeciendo las órdenes
de un buen soborno, trató de impedir que el joven intentara abrir la
caja. Raskolnikoff se lo quitó de encima, a fuerza de bastonazos.
Prosiguió de inmediato, su tarea interrumpida. Casi extenuado, presa
también de una gran agitación y un espanto creciente, pudo por fin
abrir la tapa. Poe estaba allí, demente y agónico, abrazado a los
restos de la que fue Virginia. El poeta le susurraba versos al cráneo
putrefacto. Raskolnikoff fue presa de un ataque de nerviosas
carcajadas, mientras sacaba al trastornado escritor del hoyo funesto.
Nunca le había parecido tan desnuda, la verdad última del mundo.
IV
Dejó a Poe, a la entrada de una clínica. Fue allí donde falleció unas
horas después. Dicen que en sus últimos momentos clamaba por un tal
Reynolds: la verdad es que buscaba el auxilio, de su camarada ruso de
apellido impronunciable.
Antes de partir de la ciudad, Raskolnikoff le hizo una visita de
cortesía a aquel mentado editor, en la mansión que éste tenía, en la
exclusiva calle de la Morgue, en el barrio francés de Baltimore. Al día
siguiente los diarios locales, en su sección policiaca, estarían de
acuerdo en que aquella visita fue realmente memorable.
(En especial por el detalle de aquel cofrecillo, que contenía las ensangrentadas piezas dentales del editor).
También visitó Raskolnikoff, disimuladamente, la tumba de su amigo Poe.
Mientras permanecía allí, un cuervo enorme se posó en la gris lápida y
lo miró extrañamente, como si esperara algo. Pero Raskolnikoff en ese
momento se distrajo con la sombra de Sonia, que le sonrió ambiguamente,
para luego extraviarse entre las criptas. Raskolnikoff fascinado, la
siguió ansiosamente, y se perdió en las tinieblas.
El cuervo por su parte, aún permanece allí,
esperando…
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