Carta dirigida y encontrada, esperada y recibida, y –espero- leida y recordada por los días que quedan por vivir
Pensé durante muchos días, noches oscuras, a la merced de la oscuridad que albergaba mi cuarto, en un regalo apropiado para aquella que decoró mis gustos, acudió a mi hogar y en un breve, pero agradable desayuno, atendió mi paladar.
Quise traerle aquello más curioso de la Tierra, encenderle una vela a la luz de la luna, comprarle, tal vez, algún objeto que le recuerde que el día es hoy, y el mañana, mañana. Pensé en construirle el más grande castillo, con las habitaciones más cómodas, los jardines más bellos y tranquiles, y las ventanas más claras para que duerma bajo el cuidado de la luna redonda que habitaría en lo alto.
Pensé en prepararle aquellas viandas tan deliciosas como las que salen de sus manos, jugar con la miel más dulce que encuentre y descubrir así nuevas formas de percibir el sabor.
Finalmente, pensé en narrarle una historia, un poema de aquellos que suelen formarse en mi mente, y que mis dedos fielmente transcriben en la superficie que ahora lees.
El deseo, la razón y el pensamiento, jugaron por momentos en mi mente y se tradujeron en el texto que tienes ahora en tus manos, algo tan mío como tuyo, y que, espero, esté a la altura de todo aquello que me has dado.
Comencemos entonces, que las horas son pocas, y las responsabilidades agobian, las palabras que no se han contado desean salir y danzar en tus oídos y en tus ojos, y son muchas aún las que poblarán otros relatos e historias que quedan por contar.
Escucho la letra de una canción mientras escribo esta carta, y su sonido rodea mis pensamientos, la pluma que porto se remoja en tinta y las páginas, blancas aún, comienzan a remecerse con el viento de mi ventana.
A lo lejos, bella mía, las siluetas de aquellos que retornan a su hogar se perfilan. Las canciones de la faena resuenan hasta mí. ¿Qué historias me contarán cuando amanezca y ya todo haya terminado? ¿Serán cuentos de esperanza por una cosecha alegre, o una historia de lobos y mentiras con las que los niños juegan?
Mientras pienso en tu rostro niña mía, la luna –celosa, se posa en mi ventana, y trata de brindarme toda la luz que necesito. ¡Oh, si pudiéramos llegar algún día hacia ella, caminar las noches en su brilloso rostro, y entender los misterios que nuestro planeta trae!
Más las leyes que nos rodean son más fuertes aún, y la gravedad es una de aquellas que no hemos podido romper.
Las estrellas también han venido esta noche, y mientras dibujo tus ojos en mi memoria –grandes, pardos y encantadores- ellas también juegan y forman constelaciones en el horizonte, crean caminos e ilusiones, para luego llevarlos hacia los recónditos espacios de la imaginación de los que hoy acá las vemos.
Saco una hoja de papel, una más para completar el relato, y encuentro a mi lado los restos de un dibujo que alguna vez realizamos juntos. El carboncillo aún se mantiene, y los trazos impregnados completan el cuadro de todos aquellos valles que deseamos visitar, y que nuestros pasos algún día sentirán.
Saco la hoja, y los pensamientos fluyen de nuevo…
Cómo una botón de rosa,
los pétalos de tu ser recién se abren,
e inician el juego eterno,
curiosos, tímidos, tus labios comentan palabras que he de recordar
Son tantos los momentos que se guardan en mi memoria. ¿Recuerdas tal vez las tardes bajo la sombra de los cedros? Los atardeceres a mi lado, frente a la playa, el mar aguardando nuestros pasos, la verdura del pasto retozando a nuestro alrededor.
¿Recuerdas las mañanas en los parques? Caminando de fuente en fuente, de la mano, nuestros dedos jugando en la danza única del amor, y nuestros corazones testarudos danzando a la par sin atreverse a mirar los ojos del otro.
Nos conocimos un día de verano, cuando en la multitud de las personas, tu ser –ese que todavía te acompaña- salía a relucir y contaba la vida que tenías, la ropa que usabas y los momentos que duraban un segundo y una eternidad, cuando nuestros ojos se cruzaban y destinaban aquello que tiempo después iría a ocurrir.
Porque sabes, pequeña, que los ojos tienen formas de saberlo, de conocer el destino que nos liga, de los caminos que se cruzan, y de aquellos que se separan, de las noches que vienen y los inviernos que crudamente tratan de cambiar lo que audazmente se construyó.
Pero saben también que luego del invierno llega un verano, y el calor del amor que prevalece derrite todo resto de la fría nieve, y los momentos se renuevan, y salen entonces los niños a jugar por los pastos mientras contemplamos el firmamento, esperando que salga el sol.
Tres campanadas escucho ahora, el reloj de la plaza anunciándome que son las doce ya, y el día ha pasado.
Cuatro campanadas, y recuerdo ahora los momentos en que solíamos pasear por las alamedas, los bosques y pasajes. Cinco campanadas, los almuerzos, las miradas. Seis. Los días a tu lado, y los días en la soledad. Siete. Los encuentros, las cartas escritas y no enviadas. Ocho. Las caminatas bajo la noche, la lluvia que nos rodeaba. Nueve. Las historias contadas bajo el pleno de luna. Diez. Los corazones en busca de sentimientos que juegan en el aire. Once. Aquellas pisadas en la arena. Doce campanadas, un nuevo día, y el recuerdo de un beso, el primero, que marcará el camino para que otros los sigan.
Las personas cierran ahora sus ventanas, aseguran los establos y se dirigen a dormir. Los últimos niños salen de misa y juegan inocentes, sin escuchar los gritos de las madres. Les mando un saludo por mi ventana, pero sólo sonríen, conscientes de la tarea en que me encuentre –como todo aquél que en el pueblo habita.
Las siluetas a lo lejos son reemplazadas por la luz que las estrellas y la luna reflejan hacia mí. Suena la canción del aroma de los tiempos, las carcajadas –como tu risa, mi niña- cortando el silencio de la noche. Retorna el soñador a su hogar, trovador por profesión, carpintero por oficio, pero secretamente espero que esta noche olvide el oficio y nos deleite con las suaves notas de su violín.
Je suis heureux de la vie que j'ai eue et, je peux dire, que j'ai faite. Incluso los errores, propios por siempre y parte de mí como de ti. Deleitable, tranquila, como la serenidad de la noche que nos reúne en esta carta.
Descanso un momento en mi litera, pensando en los momentos en que un fúsil reemplazo mi pluma, la vida se veía fluir en la batalla. Mañana de nuevo portaré aquella arma, y no soy tan optimista sobre el regreso. Pero no debo nublar mi mente con esos pensamientos. Están acá, en este escrito, como prueba de que mi partida no será en vano, y tendremos presente nuestras ideas y nuestros sueños para darlos por hecho.
Recuerdo nuestro primer beso, bajo el follaje de los árboles, con la luna sobre nosotros, iluminando el momento. Recuerdo tus manos temblorosas cuando rozaban las mías, aquellos paseos tranquilos bajo la noche, las miradas tímidas, y los momentos de agobio.
Tengo en mi poder todavía aquellos mensajes que en mi ventana dejaste. Los tres pensamientos que me contaron tu historia, los recuerdos de los momentos que no habíamos vivido aún, pero la ilusión de lo que vendría.
Dos personas más caminan frente a mi hogar, portando una rosa una de ellas, y un pesado libro el otro. Juguetean en su andar, doblando el rumbo, zigzagueando continuamente, como si la noche los persiguiera.
Canta él entonces una estrofa. Lasciatemi cantare con la chitarra in mano, lasciatemi cantare una canzone piano piano. Ambos caminan ahora de la mano, siguiendo la canción en el aire, acompañados de los tonos del trovador que ahora, animado por la canción, abre su ventana y entona las melodías que su violín le brinda.
A veces pienso que la vida es una canción, escogida por los compositores del universo, cada nota un momento de nuestra vida. El premio de vivirla es poder estar ahí para escucharla completa, y que sea ahora una ópera el resultado de nuestra vida juntos, al lado de nuestros amigos y de quienes caminaron a nuestro lado, por la canción estaría incompleta si es que no variamos los ritmos, y probamos las notas nuevas, si bemoles y demás variaciones que nos trae el destino.
Pienso en tu rostro otro instante, mi pequeña, tus ojos ahora cerrados por el sueño, descansando en tu lecho hasta que las horas de la mañana traigan luz a tu vida de nuevo.
Suspiro por los momentos que nos quedan, mi pequeña, por las historias que tengo aún que contar, pero que el tiempo y la armada no nos dejarán. Suspiro por aquellos recuerdos que habitan hoy en nuestras mentes, y que placen tu sueño al revivirlos.
¿Has conocido acaso una historia como la nuestra? Si fuera yo un escritor, narraría cada momento de nuestra vida, y ni veinte tomas alcanzarían para transcribir mi puño y letra para las generaciones que nos vivan.
La noche se ha tornado alegre a mi alrededor. Las ventanas se han abierto, y cantan ahora las personas que me rodean, la melodía del alegre trovador llena el silencio, y el caminante nocturno prosigue con su canto.
Non ho piú catene ma solo piange, il cuor lonta no da te. Non ho piú catene perché so che il tuo amor so per me.
Las dulces voces de las jóvenes entonan nuevas frases de la canción, y ahora la luna ilumina todo el pueblo, atenta a los sonidos de la noche y las voces de los que cantan.
Quiero cantar con ellos, danzar contigo bajo la luz que nos alberga ahora, caminar a su lado y entonar la prosa que algún día escribí. Pero no; otras tareas debo cumplir, y ya veo a lo lejos indicios del día que pronto vendrá.
Quisiera poder verte el día en que regrese, y caminar una vez más sobre los caminos de flores donde alguna vez te encontré. ¿Recuerdas acaso aquellos días lluviosos, donde temerosa acudías a mí en busca de refugio? ¿Y aquellos momentos en los cuales nuestros ojos se perdían, y nuestras mentes compartían pensamientos que pronto se harían realidad?
Te miro ahora dormida en mi lecho, tu rostro pacífico, tus sueños logrando esbozar una sonrisa. Mira ahora la carta que recibí ayer, el sobre de la armada, y las palabras que me harían huir.
Mantendré mi pie en batalla, y la ilusión de volver a verte guiará cada paso que de, y cada golpe que reciba no dolerá tanto como la idea de no gozar de tus labios. La esperanza de tomarte de la mano hará que sea más fuerte, y que no exista hombre, amigo o enemigo, que se interpondrá en mi camino, y volveré, bien ganada o no la guerra, a tu lado para contarte todas aquellas historias que he de vivir, y a unirme esta vez al cantar del pueblo que despierta.
Han pasado ya tres horas, y todos han retornado a dormir. Sólo el trovador continua su ilusión y sus notas son las únicas en morir y extinguirse mientras el sol inicia su llegada.
Me despido de la luna, pues ella también desciende para morir lentamente hasta renacer en tu día. Me despido de ti, niña preciosa, con la promesa que cuando esta carta tengas en tus manos, lees el último cuento que tengo que contarte, y recuerdes los momentos que hemos vivido, así como aquellos que nos tocan por vivir.
Dejo la pluma en el tintero y te veo por última vez, hasta mi regreso, en otoño, con las últimas brisas de calor, mientras la luna, y tus ojos, guían mi camino.
Como la rosa, tus pétalos se abren hacia el sol,
las duras espinas se adormecen al despertar,
y el aroma,
alberga los deseos y los sentimientos que tu tímido tallo responde.
La vista, los momentos, las ideas, las promesas… c'est magnifique
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