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Enviar un mensaje privado Autor CANDELA
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Europa, Baja Edad Media, una ciudad cualquiera.
Acaba el invierno, se anuncia Cuaresma y, entre medias, el mundo vestido de disfraz convulsiona. Es carnaval. Un carnaval que no accede a ser contemplado, sólo te permite ser actuante histriónico, vividor compulsivo en un escenario que no tiene más límites físicos que el perímetro de la propia urbe. Es el momento del todo patas arriba, única oportunidad para hacer invisible la realidad cotidiana. Se saltan las barreras: linaje, condición, edad, nada importa; ¡fuera privilegios, tabúes, ordenanzas!; las clases sociales se entremezclan: señores, burgueses, artesanos, clérigos, escribanos, pueblo llano. Es un clamor a la abundancia, al hedonismo y a la subversión. Tiempo para regodearse en la mayoría de los pecados capitales y en algunos otros excesos que no han alcanzado tal estatus. Todo está permitido al cobijo generoso del disfraz y la careta. No así para la Iglesia que ve en la máscara un ídolo satánico, elemento que aleja al hombre de la semejanza con su creador asimilándolo a la bestia que dibuja.
Hoy es un día de luz intensa, los múltiples colores de los ropajes brillan, la algarabía envuelve al personal, lo marea, intensifica el sudor ebrio de sus cuerpos y las ideas preclaras de su mente. Se exaltan los sentidos rindiendo culto al sexo. Putas y señoras se dan la mano y dejándose llevar por el ambiente lúbrico abren sus piernas al goce irracional. Mozalbetes de falos flamantes se inician en las artes amatorias. Maduros promiscuos... nadie se resiste, por entero se entregan y estremecen. Hasta las viejas desdentadas, con cutis agrietados, sienten revivir sus vaginas como corolas de pétalos negros. Todo tiene que ser exagerado, caricaturesco, también las comidas, pantagruélicas, hasta reventar. No hay que dar tregua ni al fogón ni al embutido. Carnes, salsas, quesos, tortas rellenas de cerdo, mejillones, galletas y, sobre todo, viandas flatulentas: habas, judías, guisantes para asegurar una buena provisión de ventosidades y pedos, auténticas trompetas carnavalescas Júbilo, exaltación, alboroto, disfraces por doquier, músicos incesantes en su labor, ruido, carcajadas destartaladas, bailes y gritos. La gente habla, juega, apuesta, se ensalza o se jacta de cualquier cosa, como el mesonero que no para de repetir -hasta aquí llegan sus gritos- que sólo va a misa una vez al año. Universitarios borrachos acosan a las doncellas y a sus marchitas amas. Espectáculos callejeros, malabaristas, bailarines, juglares y titiriteros. El carnaval no tiene sitio para la piedad ni el recato, es travieso, cómico y grosero. El hedor de los excrementos apenas se percibe eclipsado por la alegría de la fiesta y el vino que corre, se bebe, se reparte y se derrama por todos los rincones.
Por la Cuesta de San Juan aparece el estandarte de Doña Delirios. Tras él desfila, en tropel, el cortejo de los Jóvenes ¿Los Locos? ¿Los Dementes?...... los irreverentes, vienen cantando canciones obscenas y sátiras hirientes. Critican los males del hombre y del mundo. En la Plaza de los Amortajados han impartido justicia imponiendo multas a los maridos que no satisfacen a sus esposas; han hecho escarnio de los cornudos; han clausurado el concurso de mentiras y, antes de retirarse, han recomendado a sus súbditas la infidelidad, siempre con sutileza para no ser tachadas de rameras. Mientras tanto los barrios del lienzo norte de la muralla protagonizan una cruel batalla a pedradas y bastonazos. Hay refugios para la élite, en el palacio de aquel gran señor se celebra una fiesta privada. La señoras acuden a una representación de la pugna entre el obeso don Carnal y la descolorida doña Cuaresma, mientras que los caballeros entrenan para el torneo de mañana. Finalmente, hasta la plaza de la catedral se acerca la gran cabalgata: carrozas gremiales, el carro de los beodos, personajes históricos, reales, o alegóricos (La Iglesia, el Trabajo, el Disimulo), gigantes, enanos, monstruos, truhanes, salvajes, bufones, sifilíticos, payasos, deformes.... todos cogen si ayudan al desbordamiento. Cierran la comitiva un Papa, un emperador, un rey y un loco a puñetazos por la supremacía. En una de las casas principales se prepara boda, de las muchas que se celebran en estas fechas. Es buena época, el carnaval y su lujuria prometen fecundidad. La novia...........
- ¡Mamá, mamá quiero pipí! - ¿Cómo? Se me ha ido el santo al cielo. - me dije. Sin darme cuenta me había convertido en personaje de los cuadros que observaba en la exposición. Vi a Carlos dirigirse a la siguiente sala. Mi fantasía terminó con un : “ Corre dile a papá que te lleve” que me devolvió totalmente a la realidad. ¡Qué alivio no tener que casarme con un banquero barrigón!. |
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