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CUANDO COMENZO LA LLUVIA

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Publicado el 30/01/2008 | 720 Visitas | 4 Comentario(s)

La flaca era una maniática sexual. Y ella lo sabía. Hace tiempo que su cabeza funcionaba relacionando todo con sexo, y fantaseaba con penes de todos tamaños, formas y razas penetrandola, con caderas masculinas golpeando las suyas, con manos grandes de macho apretando sus tetas, fuerte, muy fuerte. La flaca quería romper los esquemas.

La flaca era bastante guapa, piel blanca, pelo negro, unas tetas no muy grandes pero buenas, una pequeña cintura y un trasero deseable. No tenía problemas para conseguir hombres. El que le llamaba la atención lo tenía, era atractiva y ella lo sabía. La flaca quería derribarlo todo.

La flaca caminaba por las calles con indiferencia, no quería nada de lo que veía en ellas. Ella quería sexo, ella quería que todo y todos se fueran a la mierda. Sin embargo, y pese a su gran capacidad de conseguir hombres y su deseo a flor de piel, la flaca jamás había sido penetrada. Era virgen por voluntad propia. Si virgen se puede llamar a su condición. Tenía relaciones lésbicas con su amiga la pequeña. Eran amigas desde niñas y desde hacía algunos años se acostaban, se besaban, se amaban, se drogaban juntas.

La pequeña era aún más guapa que la flaca. Y más ardiente. Seducía, insinuaba, besaba, pasaba su lengua por tu oreja, te tocaba. La pequeña tenía una boca ardiente y una mirada fascinante, pero jamás permitió que un hombre la llevara a la cama. Ella quería acabar con el planeta.

La flaca y la pequeña ocasionalmente veían hombres, pero con la diferencia que la flaca se interesaba demasiado en ellos y la pequeña sólo se divertía. La pequeña jugaba con ellos, los ponía calientes y luego los desechaba; le gustaba ver su reacción. Ella amaba a la flaca. La flaca amaba a la pequeña, pero sentía deseos de ser penetrada, de ser tomada por un hombre, de sentir un pene dentro de su cuerpo. Sin embargo, ambas eran convencionalmente vírgenes. Ambas querían ver muerta a la sociedad.

Las amigas tenían dieciocho años, estaban en cuarto medio y querían vivir la vida a full. Se encontraban en la casa de la pequeña todas las tardes, cuando los padres de ésta iban rumbo a sus puestos de trabajo. Ponían el mismo viejo disco de Iggy Pop & the Stooges, y comenzaba el ritual. El dealer ya había entregado las estampillas y solo faltaba ponerlas en la lengua. Y ellas lo sabían. Cuando esto ocurría, se quedaban como casi siempre en silencio, acercándose lentamente una a la otra, acariciándose las tetas, sintiéndolas
ponerse duras, besándose. Sentía cómo lentamente se humedecía su sexo, cómo el viaje las llevaba a espacios sensuales infinitos, a espacios siempre nuevos. El ácido era su combustible. El sexo, su recompensa.

Las amigas se amaban, el ácido las movía y la música de Iggy Pop les daba una sexualidad explosiva. Viajaban juntas, viajaban paralelamente hacia el centro de sus cabezas, casi sentían como crujían sus cerebros. No hablaban, pero sus cuerpos y sus vistas perdidas en galaxias recónditas lo decían todo. Las amigas eran tal para cual. La flaca, sin embargo, no se conformaba con la pequeña. Sólo pensaba en penes dentro de sí. Pensaba en penes y en ácido, en viajes nuevos.

Iban a la disco juntas, tomaban algunas anfetas y salían a la pista a bailar, a dejarse llevar, a excitar a los hombres, bailar para ellos. Los besaban, los manoseaban, los dejaban con la lengua afuera, calientes. Luego los dejaban. Echaban un trago, le ponían alguna pastilla y se iban a un rincón oscuro a besarse, a lamerse, a tocarse. La música retumbaba en la disco y se confundía con las luces y el humo del tabaco y las amigas se deseaban y se amaban. Las amigas eran las dueñas del jodido mundo y de toda la mierda que gira con él.

Sus familias no tenían problemas económicos y ellas lo tenían claro. Hacía semanas que no pisaban el colegio, no iba con ellas. Lo suyo era el sexo y las drogas. Y otra vez I wanna be your dog, otra vez No fun. Otra vez la lengua de la pequeña entre las piernas de la flaca, otra vez el ácido y las galaxias paralelas, otra vez el deseo y la pasión. Pero la flaca era una maniática y quería un pene, un pene dentro de su cuerpo.


Las amigas se habían jurado no tener relaciones sexuales con hombres y esto, por un asunto de desear lo prohibido y todo ese rollo, encendió aún más el deseo de la flaca. Y ella lo sabía. Las amigas eran las putas más extravagantes de la tierra.

Las amigas tenían unos orgasmos extrañísimos y períodos de profunda depresión. Desaparecían durante días o hasta semanas, pero luego volvían a ser las mismas de siempre. Y peores (o mejores, depende del cristal con que se mire). Fue en uno de esos períodos separadas, uno especialmente largo, en que ocurrió. Todo marchaba normal, en la radio Real cool time, la estampilla bajo la lengua, el deseo a flor de piel. La pequeña comenzó a desnudar a la flaca, recorrió sus piernas, besaba y mordía su carne, apretaba, jadeaba, sudaba. Pero esta vez la flaca no la seguía. Ella miraba una ventana, perdida en algún lugar de su cabeza. Abrazaba y besaba, sí, pero era de una forma diferente. Ni siquiera había notado a la pequeña en su sexo, el cuerpo ardiente y perfecto de su amante, sus manos y su lengua, sus maravillosas figuras. Ella estaba en otro sitio, ella estaba muy lejos de aquella habitación.

La pequeña descartó que se tratara de un simple viaje; la conocía demasiado bien como para pensar en eso. Entonces lo notó. La flaca había sido penetrada. Y lo supo no por la ausencia del himen, ya que éste hace tiempo se habían encargado ellas mismas de pasarlo a mejor vida, ni tampoco por el tamaño de la vagina: lo supo por la cara de la flaca, por sus besos, por sus abrazos, por sus ojos. Los supo y no cabía la menor duda: ella la había traicionado. Su cuerpo no mentía, su corazón no mentía. La flaca había sido tomada por un hombre. Por primera vez en mucho tiempo la flaca fingió un orgasmo. Y la pequeña lo sabía.

Entonces la pequeña se levantó de la cama y salió de la habitación ante la total indiferencia de la flaca que seguía mirando la ventana, la ventana por la cual entraba una tenue e inconstante luz. Se acercaba una tormenta, pero la pobre luz era suficiente para desnudar las contradicciones y mostrar el cuerpo distinto de la flaca, su cara distinta, su cabeza distinta. El aire era distinto. La flaca lo sabía.

La pequeña volvió a entrar en la pieza, pero esta vez no venía sola. La acompañaba la 22 automática de su padre. Se acercó a la cama donde estaba la flaca tendida desnuda boca arriba mirando la ventana, bellísima, grandiosa, pero ya nada importaba. Se acercó y tocó sus piernas, la flaca no decía nada, ni siquiera miraba. La pequeña la acarició, besó su carne, sus muslos, besó su sexo. Lentamente puso el cañón de la pistola dentro de su vagina, deslizándolo, hasta que entró completo. La flaca dio un gemido de placer verdadero, muy distinto al que había dado minutos antes con el cuerpo de su amiga. La pequeña comenzó a mover el cañón dentro de su vagina, lo introducía y lo quitaba, simulaba una penetración. La flaca gemía, gemía de placer, comenzaba a moverse. El cañón entraba más y se movía mejor, la flaca jadeaba, movía sus caderas. De pronto, un lapsus, un segundo de conciencia, la flaca abrió los ojos, se inclinó y miró por fin a su amiga. La pequeña reconoció esa mirada, supo que ya todo había cambiado, que la flaca no sería la misma.

Lo supo por esa mirada.

La amaba, pero esos ojos en los cuales tantas veces se había reflejado no mentían esta vez. La flaca se había ido. Entonces la pequeña, sin quitar la pistola de dentro de la vagina, apretó el gatillo. Dos veces. La flaca aún miró unos segundos más a la pequeña antes de desprender un hilo de sangre por la nariz y caer tendida sobre la misma cama de siempre.

Cuando comenzó la lluvia, todavía sonaba Iggy Pop en la radio, pero esta vez faltaba algo muy importante. Y la pequeña lo sabía.

Comentarios

JMMORALES

JMMORALES

30/01/2008

# 1

uff ... dura historia. Bien narrada.

ademir

ademir

30/01/2008

# 2

Con la fuerza de Henry Miller y el desenfado sabroso de Bukowsky. Sordidez espectacular y con gran estilo.

Felicidades

Nieves

Nieves

01/02/2008

# 3

Me gusta tu estilo: duro, directo y muy atrayente. Un magnífico relato, bien contado. Engancha desde el principio, sin censuras, sin medias tintas. Perfecto.
Un saludo.

cubano62

cubano62

10/04/2008

# 4

Me dejaste un rato, buscando una imagen de la flaca, excelente relato.

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