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Sitio Web del AutorAutor emiliovilchespino

La
flaca era una maniática sexual. Y ella lo sabía. Hace tiempo que su
cabeza funcionaba relacionando todo con sexo, y fantaseaba con penes de
todos tamaños, formas y razas penetrandola, con caderas masculinas
golpeando las suyas, con manos grandes de macho apretando sus tetas,
fuerte, muy fuerte. La flaca quería romper los esquemas.
La
flaca era bastante guapa, piel blanca, pelo negro, unas tetas no muy
grandes pero buenas, una pequeña cintura y un trasero deseable. No
tenía problemas para conseguir hombres. El que le llamaba la atención
lo tenía, era atractiva y ella lo sabía. La flaca quería derribarlo
todo.
La flaca caminaba por las calles con indiferencia, no
quería nada de lo que veía en ellas. Ella quería sexo, ella quería que
todo y todos se fueran a la mierda. Sin embargo, y pese a su gran
capacidad de conseguir hombres y su deseo a flor de piel, la flaca
jamás había sido penetrada. Era virgen por voluntad propia. Si virgen
se puede llamar a su condición. Tenía relaciones lésbicas con su amiga
la pequeña. Eran amigas desde niñas y desde hacía algunos años se
acostaban, se besaban, se amaban, se drogaban juntas.
La pequeña
era aún más guapa que la flaca. Y más ardiente. Seducía, insinuaba,
besaba, pasaba su lengua por tu oreja, te tocaba. La pequeña tenía una
boca ardiente y una mirada fascinante, pero jamás permitió que un
hombre la llevara a la cama. Ella quería acabar con el planeta.
La
flaca y la pequeña ocasionalmente veían hombres, pero con la diferencia
que la flaca se interesaba demasiado en ellos y la pequeña sólo se
divertía. La pequeña jugaba con ellos, los ponía calientes y luego los
desechaba; le gustaba ver su reacción. Ella amaba a la flaca. La flaca
amaba a la pequeña, pero sentía deseos de ser penetrada, de ser tomada
por un hombre, de sentir un pene dentro de su cuerpo. Sin embargo,
ambas eran convencionalmente vírgenes. Ambas querían ver muerta a la
sociedad.
Las amigas tenían dieciocho años, estaban en cuarto
medio y querían vivir la vida a full. Se encontraban en la casa de la
pequeña todas las tardes, cuando los padres de ésta iban rumbo a sus
puestos de trabajo. Ponían el mismo viejo disco de Iggy Pop & the Stooges,
y comenzaba el ritual. El dealer ya había entregado las estampillas y
solo faltaba ponerlas en la lengua. Y ellas lo sabían. Cuando esto
ocurría, se quedaban como casi siempre en silencio, acercándose
lentamente una a la otra, acariciándose las tetas, sintiéndolas ponerse
duras, besándose. Sentía cómo lentamente se humedecía su sexo, cómo el
viaje las llevaba a espacios sensuales infinitos, a espacios siempre
nuevos. El ácido era su combustible. El sexo, su recompensa.
Las amigas se amaban, el ácido las movía y la música de Iggy Pop les daba una sexualidad explosiva. Viajaban juntas, viajaban paralelamente hacia el centro de sus cabezas, casi sentían como crujían sus cerebros. No hablaban, pero sus cuerpos y sus vistas perdidas en galaxias recónditas lo decían todo. Las amigas eran tal para cual. La flaca, sin embargo, no se conformaba con la pequeña. Sólo pensaba en penes dentro de sí. Pensaba en penes y en ácido, en viajes nuevos.
Iban
a la disco juntas, tomaban algunas anfetas y salían a la pista a
bailar, a dejarse llevar, a excitar a los hombres, bailar para ellos.
Los besaban, los manoseaban, los dejaban con la lengua afuera,
calientes. Luego los dejaban. Echaban un trago, le ponían alguna
pastilla y se iban a un rincón oscuro a besarse, a lamerse, a tocarse.
La música retumbaba en la disco y se confundía con las luces y el humo
del tabaco y las amigas se deseaban y se amaban. Las amigas eran las
dueñas del jodido mundo y de toda la mierda que gira con él.
Sus familias no tenían problemas económicos y ellas lo tenían claro. Hacía semanas que no pisaban el colegio, no iba con ellas. Lo suyo era el sexo y las drogas. Y otra vez I wanna be your dog, otra vez No fun. Otra vez la lengua de la pequeña entre las piernas de la flaca, otra vez el ácido y las galaxias paralelas, otra vez el deseo y la pasión. Pero la flaca era una maniática y quería un pene, un pene dentro de su cuerpo.
Las
amigas se habían jurado no tener relaciones sexuales con hombres y
esto, por un asunto de desear lo prohibido y todo ese rollo, encendió
aún más el deseo de la flaca. Y ella lo sabía. Las amigas eran las
putas más extravagantes de la tierra.
Las amigas tenían unos
orgasmos extrañísimos y períodos de profunda depresión. Desaparecían
durante días o hasta semanas, pero luego volvían a ser las mismas de
siempre. Y peores (o mejores, depende del cristal con que se mire). Fue
en uno de esos períodos separadas, uno especialmente largo, en que
ocurrió. Todo marchaba normal, en la radio Real cool time,
la estampilla bajo la lengua, el deseo a flor de piel. La pequeña
comenzó a desnudar a la flaca, recorrió sus piernas, besaba y mordía su
carne, apretaba, jadeaba, sudaba. Pero esta vez la flaca no la seguía.
Ella miraba una ventana, perdida en algún lugar de su cabeza. Abrazaba
y besaba, sí, pero era de una forma diferente. Ni siquiera había notado
a la pequeña en su sexo, el cuerpo ardiente y perfecto de su amante,
sus manos y su lengua, sus maravillosas figuras. Ella estaba en otro
sitio, ella estaba muy lejos de aquella habitación.
La pequeña descartó que se tratara de un simple viaje; la conocía demasiado bien como para pensar en eso. Entonces lo notó. La flaca había sido penetrada. Y lo supo no por la ausencia del himen, ya que éste hace tiempo se habían encargado ellas mismas de pasarlo a mejor vida, ni tampoco por el tamaño de la vagina: lo supo por la cara de la flaca, por sus besos, por sus abrazos, por sus ojos. Los supo y no cabía la menor duda: ella la había traicionado. Su cuerpo no mentía, su corazón no mentía. La flaca había sido tomada por un hombre. Por primera vez en mucho tiempo la flaca fingió un orgasmo. Y la pequeña lo sabía.
Entonces
la pequeña se levantó de la cama y salió de la habitación ante la total
indiferencia de la flaca que seguía mirando la ventana, la ventana por
la cual entraba una tenue e inconstante luz. Se acercaba una tormenta,
pero la pobre luz era suficiente para desnudar las contradicciones y
mostrar el cuerpo distinto de la flaca, su cara distinta, su cabeza
distinta. El aire era distinto. La flaca lo sabía.
La pequeña
volvió a entrar en la pieza, pero esta vez no venía sola. La acompañaba
la 22 automática de su padre. Se acercó a la cama donde estaba la flaca
tendida desnuda boca arriba mirando la ventana, bellísima, grandiosa,
pero ya nada importaba. Se acercó y tocó sus piernas, la flaca no decía
nada, ni siquiera miraba. La pequeña la acarició, besó su carne, sus
muslos, besó su sexo. Lentamente puso el cañón de la pistola dentro de
su vagina, deslizándolo, hasta que entró completo. La flaca dio un
gemido de placer verdadero, muy distinto al que había dado minutos
antes con el cuerpo de su amiga. La pequeña comenzó a mover el cañón
dentro de su vagina, lo introducía y lo quitaba, simulaba una
penetración. La flaca gemía, gemía de placer, comenzaba a moverse. El
cañón entraba más y se movía mejor, la flaca jadeaba, movía sus
caderas. De pronto, un lapsus, un segundo de conciencia, la flaca abrió
los ojos, se inclinó y miró por fin a su amiga. La pequeña reconoció
esa mirada, supo que ya todo había cambiado, que la flaca no sería la
misma.
Lo supo por esa mirada.
Con la fuerza de Henry Miller y el desenfado sabroso de Bukowsky. Sordidez espectacular y con gran estilo.
Felicidades
Me gusta tu estilo: duro, directo y muy atrayente. Un magnífico relato, bien contado. Engancha desde el principio, sin censuras, sin medias tintas. Perfecto.
Un saludo.
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