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Sitio Web del AutorAutor LuisBermer
¡CORTADLE
La plaza era una turba enajenada,
sucia y vociferante, un mar embravecido por corrientes de odio. Y en su centro
-como una isla de madera- se levantaba el cadalso. La guillotina ya estaba
lista para la siguiente ejecución.
-¡CORTADLE
La muchedumbre apenas se abría para
dar paso al carro tirado por caballos que se adentraba en la plaza. Con las
manos atadas a la espalda y recostado en un lateral, el noble mantenía su
mirada en la distancia, indiferente a la ventisca de insultos, frutas y huevos
podridos que arreciaba sobre él. Los guardianes empujaban con sus lanzas a los
exaltados que se acercaban al carro para escupirle en la cara, aunque muchos lo
conseguían. Vio en lo alto al verdugo limpiarse las manos con un trapo, como un
carnicero. Tenía el honor de ser el último ejecutado en este día de terror. Por
el suplicio ya habían pasado sus cortesanos, sus amigos, sus familiares…a lo
largo de las horas previas.
Le habían obligado a contemplarlo
todo.
Lentamente, fue conducido por las
escaleras hasta la plataforma de la guillotina. Aquello era un lodazal de
sangre y el hedor le produjo arcadas que apenas pudo contener. Desvió la vista
del montón de cuerpos amontonados a un lado, donde pronto caería el suyo. La
sucia hoja de acero le pareció suspendida a increíble altura. Desde la lejanía
se le había antojado más baja.
La negra capucha del verdugo le preguntó:
-¿Últimas palabras?
El noble negó con un fugaz
movimiento de cabeza; entonces fue cuando el experimentado verdugo le recostó
-sin la menor ceremonia- sobre el tablón, para pasar a ajustar las piezas de la
máquina que aprisionaron su cuello. Cerró los ojos y el griterío inundó sus
oídos. Su oscuridad.
Una atmósfera de silencio expectante
crecía acallando toda voz por encima del rumor. Quedaban segundos, lo sabía.
Imaginaba al corpulento verdugo dirigiendo sus ojos invisibles a la masa, a un
lado y luego hacia el otro, esperando el respeto de la mínima dignidad para el
condenado y su muerte. El fin había llegado.
Captó el segundo justo. Un crujido
en la madera al accionar el mando. Una
vibración grave y…
Un clamor de júbilo reventó la
plaza.
La cabeza había caído en el cesto
ensangrentado, junto a las demás.
Hombres, mujeres y niños mostraban
su obscena alegría. Había sido un día grande para ellos y, ahora que todo había
acabado, se resistían a abandonar el lugar. Durante horas celebraron la muerte
y las futuras muertes que estaban por llegar. De repente, entre la algarabía
general, se alzó un coro de gritos aterrorizados que, desde la zona más próxima
al cadalso, cruzó la plaza como un cuchillo.
El bullicio cesó, y la atención se
dirigió hacia el arco de plebe temblorosa que se iba formando en torno a la
guillotina. Por el borde del cesto de cabezas habían surgido tres descomunales
patas de tarántula. Otras dos salieron para agarrarse por el otro extremo; la
gente retrocedió chillando y la masa se desplazó como un campo de trigo azotado
por el viento. Poco a poco, la cabeza sangrienta del noble emergió, erguida
sobre aquellas patas que nacían en su cuello seccionado.
El terror convulsionó a los
presentes de mil maneras, iniciando oleadas de pánico. Muchos corrieron
desencajados, implorando al dios misericordioso, otros cayeron desmayados para
ser pisoteados por los que huían, mientras algunos quedaron paralizados,
movidos sólo por los empujones, observando lívidos como la cabeza descendía
sobre la plataforma con un balanceo espasmódico en su cara.
-Os
espero abajo... –dijo entre espumajos sanguinolentos; su voz era un fuelle
rasgado-...todos tenéis vuestro sitio
abajo...TODOS...
El caos inundó la plaza, un pozo de
locura.
Nadie recogió aquella cabeza de
sonrisa grotesca.
Y sus ocho patas de tarántula.
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