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Sitio Web del AutorAutor emiliovilchespino
Hacía
un buen tiempo los nervios habían comenzado a traicionarlo, pero las
últimas semanas estaban transformándose en un verdadero infierno. Las
crisis de pánico se sumaban ahora a la depresión y al omnipresente
insomnio. Las vitaminas, los somníferos y el RAVOTRIL simplemente
dejaron de hacer efecto, y todo se confundía, todo se hundía en un
laberinto oscuro lleno de la más fría y viscosa mierda. Cada minuto era
peor que el anterior, un día se convertía en una infinita y monótona
tortura: el trabajo, la oficina, la contaminación, las cada vez más
pronunciadas taquicardias, el jefe nacional socialista, DANGER: posible
VIH, don´t touch, la inevitable, confusa y compleja paranoia. Y
comenzaba a caer la noche.
Y
la noche, con su oscuro y silencioso manto, no lograba para nada calmar
las cosas. El puto insomnio llevaba lejos la ventaja, y empezaba
claramente a ganar la batalla. Cerraba los ojos, trataba de dormir,
pamplinas; abrir los ojos, levantarse, del cajón sacar la Taurus
calibre catorce, acercarla a la boca, acto seguido retirarla, sobarle
el lomo y dejarla reposar nuevamente en su aposento. Caminar, fumar,
beber algo de whisky, de ron, cerveza, vino barato... asumir que
simplemente no se puede dormir. Las cuatro o´clock marcaban las agujas
del reloj viejo y sus glasos abiertos y rojos, inyectados en sangre,
eran la mejor prueba de lo que pueden provocar las inexorables horas de
desvelo del insomne crónico.
Tenía
que amanecer, y amanecía. Y posando el culo en su lúgubre e incómodo
pupitre oficinista veía desfilar por su sesera las más drásticas y
extravagantes ideas de suicidio. Y no solo suicidio, también otras
insólitas ideas criminales (su jefe y sus S.S. era el blanco principal
de aquellos macabros pensamientos), depravación sexual (compañera
oficina falda corta piernas nylon), drogas caseras (plátano seco, nuez,
arañas , etc), los mejores discursos de renuncia (ok führer, métete tu
oficina, tu hombría y tu oficina otra vez, por el culo, no me
echas…RENUNCIO); en fin, pensaba de todo menos en el TRA-BA-JO.
-Benavides
¡mueva el culo por el amor de Jesús!- Benavides era el nombre al cual
respondía el personaje principal del relato; Jesús es otro cuento.
-Está bien.
-¿Está
bien? ¿Está bien? ¿Es la única mierda que sabe decir Benavides? ¿Acaso
sus padres lo educaron como una señorita chupapicos? ¡Mueva el culo
Benavides! ¡Mueva el culo Benavides!
-Está bien, jefe.
-Benavides ¡hasta tetas le están saliendo! ¡Mueva el culo! ¡Mueva el culo! ¡Mueva el culo mueva el culo mueva el…!
Pero
tanta caca tenía su génesis, y ésta estaba hace bastante tiempo, en
ligeros sobresaltos en el sueño, cierta brusquedad al despertar. Esto
comenzó a hacerse un poco más sostenido y profundo; en medio de los
sueños empezaba aquella sensación claustrofóbica, aquel pánico al
encierro y se ahogaba, en cierta medida perdía la movilidad de sus
extremidades, se agolpaba bruscamente toda la sangre en la sesera…y
entonces despertaba, con aquella extraña sensación de angustia, de
miedo, de mareo. Se levantaba bruscamente y medía su pulso, trataba de
recobrar la normal respiración y se secaba el sudor de la cara.
Y
así comenzó a ocurrir cada vez que se iba a la cama, incluso en varias
ocasiones durante una misma noche. Y se hacía más fuerte el
agarrotamiento y la inmovibilidad, cada vez más el crobo rojo
agolpándose en su cerebro, cada vez menos el aire que sentía llegar a
sus pulmones negros de nicotina cancerosa. Y cada vez le era más
difícil despertarse cuando esto ocurría, cuando intentaba llevárselo
aquel espantoso claustro onírico.
Fue
entonces cuando comenzó el insomnio. Y cómo no, si aquella extravagante
patología le estaba causando un inmenso terror a dormir. Llegaba la
noche y se iba a la cama, ponía la cabeza sobre la dura almohada,
sentía relajarse los músculos de su cuerpo, se dejaba atrapar
lentamente por el sueño. De pronto lo peor: despertar bruscamente, la
asfixia, la sangre a la cabeza, la angustia, la inmovilidad. Y
levantarse y el pulso y el sudor, y servirse un trago y tratar de
dormir, y vuelta a la derecha, vuelta a la izquierda, boca abajo, boca
arriba como los muertos y la paranoia y la taquicardia y la vocecita
del S.S. “mueve el culo Benavides mueve el culo Benavides mueve el…” y
ya eran las tres de la mañana y volaba una mosca y lisa y llanamente no
se podía dormir. Morfeo no quería nada contigo, pobre amigo nuestro,
nada de nada.
La
oficina no hedía, pero tampoco olía a rosas, y aunque esto nunca
molestó a Benavides, sí comenzó a hacerlo su propia y exótica fragancia
de insomne alcohólico, un tanto alejado de aquella vieja costumbre
llamada “higiene”, y el jefe seguramente debía notarlo pues cada día
eran más fuertes los regaños y las imprecaciones “¡SOLO TE FALTA
SACARTE LAS CEJAS SEÑORITA! ¡TRABAJA! ¡TRABAJA! ¡TRA-BA-JA! ¡TRABAJA
TRABAJA TRAB…!
Luego
comenzó la sangre. La sangre en la nariz en las mañanas, la sangre en
las encías cada vez que se cepillaba la dentadura, la sangre cada vez
que cagaba caca roja de sangre, amarilla de cerveza, caca negra de
vino. Los granos en la cara, la piel seca y llena de manchas , la
estrepitosa caída del pelo, la sangre reventando por todos lados. Se
levantaba, se quitaba el sudor y la sal, se quitaba el crobo rojo de
sus irritadas fosas nasales, acariciaba la Taurus calibre catorce
mientras se sentía atrapar por las más siniestras ideas de suicidio,
homicidio, y toda clase de actos donde una pistola es capaz de eliminar
la vida de un indefenso ser humano. Encendía otro cigarro y dejaba
inundar sus pulmones por el negro humo del alquitrán barato, y el
hígado y su cabeza por el whisky por agua y el vino en caja, para ver
si la jodida noche se hace un poco más soportable.
Por
primera vez consideró seriamente la posibilidad de estar volviéndose
loco, y esto lo llevó a tomar algunas medidas. Como recurso poco
confiable, pero re-cur-so al fin, decidió consultar a los matasanos,
pero éstos al tener una figura más o menos así $ dibujada en la cara,
decían monotemáticamente con su lengua infecciosa “PSICOLÓGICO,
RAVOTRIL, UN CUARTO EN LA MAÑANA, UN CUARTO EN LA TARDE, MEDIA ANTES DE
DORMIR” y ese cuarto de tableta derivó misteriosamente a cuatro, en un
proceso de dislexia y enfermedad, y esas cuatro a cinco y a seis
pastillas y fueron dosis diarias de once ravotril y los químicos
provocaban la caída del pelo y las manchas en la piel y los granos en
el cuero; la sangre nunca logró explicársela.
Así
que descartados lo$ médico$ decidió averiguar por su propia cuenta en
libros viejos y vía web en enciclopedias “on line” (yeah,
motherfucker!) y de ésta manera logró llegar a la conclusión de que lo
suyo era algo similar a las “alucinaciones PRE-N.R.E.M.”, algo así como
alucinaciones previas al sueño profundo, provocadas por desarreglos
nerviosos y emocionales. Sin embargo ocurre que lo suyo iba más allá:
lo suyo era físico, se ahogaba, se agarrotaba…sangraba. Comenzó a
sentirse peor, enfermo, sucio, loco. Se autodiagnosticó “severo caso de
paranoia y soledad” y se autorecetó elevadas dosis de vino nocturno, y
cuando cantaba Gardel bienvenido era el whisky.
Y
así pasaban las noches, la Taurus, la botella, la ventana que daba a la
city de las 5 a.m., mientras fumando esperaba a que el sol volviera a
iluminar su cada vez más oscura existencia.Y las mañana eran siempre
iguales, el jefe reventando los tímpanos, la compañera de oficina con
sus exquisitas piernas de nylon, el ordenador atiborrado de
información, las ideas siniestras desfilando por su cada vez menos
ordenada sesera. Y el reloj que pasaba tan lento, tanto que parecían
años. Y la vocecita del führer ¡MUEVA EL CULO BENAVIDES MUEVA EL CULO
BENAVIDES MUEVA EL CULO BENAVIDES MUEVA EL…! Y el culo de Benavides
sudaba, sentía náuseas, veía borroso, nublado, se le secaba la garganta
y se le acalambraban los brazos y piernas, activos, pasivos,
ctrl.+Alt+Supr, curvas de intereses, etc etc etc etc etc ETC…
¿Y
las crisis de pánico? Bueno, resumiendo el cuento: crisis de pánico =
me voy a morir. ¿Así de simple? No, pero no viene al caso explicar
tanto. Sin embargo hay algo que es aun más complejo y delicado, algo a
lo que Benavides terminó por llamar drásticamente “la locura”. Y "la
locura" consistía básicamente en lo siguiente: mientras dormía
(aquellas benditas veces en que lo lograba) ingresaba en sueños, pero
no sueños cualquiera; era como si realmente estuviera despierto, como
si no durmiera y la vida siguiera su curso. Se veía en su cuarto
fumando un cigarro, tomando algo de vino, mirando el techo con
indiferencia, pero de pronto se sentía mal, comenzaba la angustia, el
pánico, comenzaban los calambres, la sangre a la cabeza…y entonces
despertaba. Se secaba el sudor, se tocaba la nariz para comprobar la
presencia o no de sangre, se tomaba el pulso y trataba de relajarse, de
respirar bien, se levantaba y se servía otra copa; pero los nervios
podían más que él, lo agarrotaban, lo perturbaban, comenzaban a hacerle
perder el sentido, y entonces volvía a despertar. Era un sueño dentro
del otro y no podía escapar. Y era tan real todo, su cuarto, el vino,
los calambres, el baño sucio, la ropa tirada en el piso en medio de
latas vacías de cerveza. Todo era real, o al menos así lo creía hasta
que despertaba una vez más.
La
realidad de Benavides se tornó incierta, se mezclaba de una manera
bizarra con los sueños, se confundían, ya no estaba seguro de estar
dormido o despierto. A veces estaba en su oficina de empleado mirando
como siempre las piernas de nylon de la morena o pensando en siniestras
matanzas cuando venían las crisis y comenzaba a sudar y el corazón
latía más rápido y los mareos y la sangre subiendo y los calambres y
despertaba. Sí, despertaba, otra vez en su cuarto hediondo a caca, a
humo y a vino. Se levantaba al baño, se mojaba la cara, se servía algún
alcohol, se sentía mal y volvía a salir del sueño (o creía salir). ¿Se
entiende ahora por qué nuestro amigo Benavides la bautizó “la locura”?
si esto no lo volvía loco no lo haría ni Freddy Krueger.
Una
mañana despertó (o creyó despertar) y tuvo un extraño presentimiento.
No era algo normal, era como una ansiedad en el pecho, un ahogo
distinto al que estaba acostumbrado a sentir. Caminó al baño (o creyó
caminar), meó y cagó, se limpió el culo y se puso el uniforme de
oficina. No se molestó ni de lavarse los dientes y partió rumbo al
laburo diario, pero esta vez no iba sólo: la Taurus lo acompañaba en el
bolsillo de su chaqueta. También iban con él aquel presentimiento
extraño y una vocecita dentro de sus tímpanos, una vocecita con acento
alemán que repetía y repetía “MUEVA EL CULO BENAVIDES, MUEVA EL CULO
BENAVIDES, MUEVA EL CULO BENAVIDES, MUEVA EL…”
Llegó
a la oficina (o creyó llegar) y se sentía extraño, se sentía eufórico,
capaz de todo. La pistola en su chaqueta le daba una sensación de
poder, de control, le hacía de alguna forma sentirse “VIVO”. Pasó por
el puesto de la morena de las piernas de nylon, se detuvo y se acercó a
su oído y, con el mejor tono de latin lover
que pudo, le dijo “he soñado tantas veces con tus piernas, he soñado
con tu cuerpo desnudo sobre mis sábanas y yo ahí, mordiendo tu carne
como un perro hambriento”.
Y
eso fue todo: ella hizo un gesto de asco y se paró corriendo al baño,
balanceando sus perfectas nalgas envueltas en aquella ajustada falda
negra. Benavides la miró alejarse y siguió su camino, se sentó frente
al ordenador, pero no alcanzaba a acomodar el culo cuando escucha al
nacional socialista decir con tono seco “A MI OFICINA BENAVIDES”. Se
paró del pupitre, metió la mano a su bolsillo para acariciar el lomo de
la Taurus y entró al despacho de su “jefecito”.
“NO
LE DARE EXPLICACIONES, ACA TIENE SU CHEQUE Y VAYASE. TAMBIEN LE
RECOMIENDO UNA DUCHA O AL MENOS QUE SE CEPILLE LOS DIENTES. HASTA NUNCA
BENAVIDES”
BANG - BANG. Dos tiros. Uno desviado que dio en una ventana y quebró el vidrio, el otro en plena cara del obeso alemán. No se molestó en ver la sangre del gordo, nada más disparó y salió corriendo, bajó los dos pisos por las escaleras, tomó un taxi y se metió lo más rápido que pudo a su cuarto y a su infierno personal. Estaba agitado, nervioso, en cualquier momento caería la policía por ahí, y no podría negar nada, sabía perfectamente lo que había hecho, y aunque parezca extraño e incomprensible…se sentía bien. Se tiró en la cama a esperar a que el ruido de las sirenas acabara con su felicidad.
No
recordaba bien cómo ni cuándo se había dormido, pero despertó sobre sus
sábanas en la misma posición en la que se había tumbado. Se levantó y
estiró su acalambrado esqueleto y se asomó por la ventana: nada.
Seguramente la policía aún lo buscaba, pues había mentido en su
currículum acerca de su domicilio. Pensó en la posibilidad de que todo
hubiera sido un sueño, pero ahí estaba su camisa salpicada de sangre,
la Taurus con dos balas menos, aquella sensación de dureza que sólo
conocen quienes han quitado la vida a otro ser humano.
Caminó
al baño, lo notó más sucio de lo habitual, pero esto le importó una
mierda. Se miró en el espejo y sintió algo extraño: era una sensación
fría que le recorría todo el cuerpo, y era él, su rostro demacrado el
que la provocaba. Era un estremecimiento helado, miraba su barba de
tres días, sus ojeras moradas y llenas de diminutas venas, sus ojos
rojos a punto de reventar en sangre... “Benavides, éste no puedes ser
tú” se dijo a sí mismo en voz baja. Se cepilló los dientes, y al votar
aquella mezcla de pasta, agua y sangre, no pudo evitar recordar las
últimas palabras del S.S.
Empezó
a sentirse mal, no lo soportaba, el reflejo de su rostro en el espejo
le acobardaba, se sentía un criminal y no sólo por lo del obeso teutón,
sino también de sí mismo y de lo que alguna vez soñó ser…se tuvo miedo.
Se tapó la cara con las manos y reprimió el vómito, corrió a la cama,
se tiró sobre ella boca abajo y sintió cómo una angustia horrorosa lo
consumía por completo, era una opresión en el pecho, en la garganta, y
las lágrimas comenzaron a brotar solas, como si tuvieran vida propia.
Comenzó a llorar, a llorar como un bebé, minutos, horas, sentía como
vaciaba algo muy arraigado dentro de sí, vomitar kilos de mierda
fétida, exorcizar al peor de los demonios, llorar, llorar, sentir las
lágrimas limpiando los ojos y el espíritu, no pensar en nada, sólo
dejarse llevar por el llanto, las lágrimas, el agua.
Lo que sonó no fueron sirenas, sino el teléfono. Se secó el sudor, midió su pulso y contestó. No se sorprendió cuando al otro lado de la línea había una voz grave y fuerte que exclamaba: “BENAVIDES, ¡SON LAS DIEZ DE LA MAÑANA!, ¡HASTA CUANDO CON SUS ATRASOS!, ¡MUEVA EL CULO BENAVIDES! ¡MUEVA EL CULO BENAVIDES! ¡MUEVA EL CULO BENAVIDES! ¡MUEVA EL CULO…!” Benavides se levantó de la cama, caminó hacia el baño y se cepilló los dientes. Luego movió el culo rumbo a la misma oficina de siempre (o creyó hacerlo).
por emilio vilches
Me ha gustado. Me he sentido agobiada y con ganas de pegarle un tiro al jefe. Sigue sorprendiéndome.
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