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1
Marcel abrió la puerta, se volvió un momento antes de salir y dijo: –No te mueras todavía, tengo un par de sorpresas más. Quedé allí tirado prácticamente inmóvil. Marcel había disparado dos veces hiriéndome en ambas piernas. El tercer impacto fue en la frente de Celina.
Intentaba mantenerme de pie cuando sentí un nuevo aguijonazo, esta vez en el pie derecho, caí. –Por las dudas –dijo Marcel, y me perforó el estómago con un nuevo estampido.
Luego sentó a Celina ante mí y se aseguró que sus ojos se mantuvieran abiertos; en medio de ellos descendía un cordón rojo, lento y espeso. Fue entonces cuando Marcel salió augurando lo que parecía imposible: algo más.
La sangre fluía a través de mis dedos aplicados con fuerza sobre mi abdomen. Mi hora se acercaba y observé a Celina, abandonada y rota en su funesta belleza. Sus ojos negros, profundos, misteriosos, y que siempre tuvieron una luz muy brillante allá en el fondo, ahora me veían apagados. Me dolían esos ojos vacíos más que las heridas, y recordé la primera vez que la vi.
2
Tenía el cabello entre castaño y pelirrojo, corto, estilo James Dean, del cual poseía cierto aire y al que su actitud displicente parecía emular; jamás le pregunté si sabía quien había sido el sujeto... Una blusa negra imitación cuero contrastaba con su piel, la que sin dudas de joven albergó pecas.
Yo la observaba desde una mesa atender a los clientes. Se mostraba amable con ellos y sonreía sin disimular que era parte de su trabajo ni ocultar un dejo de tristeza; esto nuevamente me llevó a pensar en sus años juveniles.
Bastaba que un parroquiano extrajera un cigarrillo para que su encendedor estuviera allí, dispuesto a dar lumbre. Me pregunté hasta qué punto liberaba ese fuego o si en realidad lo contenía y de pronto quise saberlo todo de ella. "¿Cómo has llegado a esta barra, dulzura?" Le habría dicho si yo fuese otro, aquél que hubiese querido ser. Jamás haría algo así, no en vano me dicen "Tímido Tomy", y no es que me jacte de ello: llevo años acostumbrándome. Cualquiera puede ser timorato y vivir con eso; nadie podría hacerlo reconociéndose estúpido, por eso aquellos se lo ocultan como jugando a la mosqueta ante el espejo.
Cuando se pasan los cuarenta uno ya sabe convivir con sus miserias, recelamos que las cosas no cambiarán demasiado y que se ha hecho tarde para sueños nuevos. Sin embargo allí estaba, fantaseando al observar a esa muchacha; interesante para todos, y para mí además de eso: temible.
Era la clase de mujer cuya sola presencia avasalla a sujetos como yo, insulsos y discretos; preferimos no caer en su mirada, y si ocurre bajamos los ojos. ¡Cuidado! No es cobardía, sino algo semejante a quien se apasiona con los pájaros pero no podría tenerlos en su mano por temor a dañarlos.
3
Aquella noche estaba en el bar por negocios. Sí, suena raro, pero así ocurre en nuestro ambiente. Debía contactar a un tal Marcel por un trabajo, la persona que lo hacía antes había sufrido un percance, al parecer por una mujer.
¿Podría alguien haber imaginado que se trataba de aquella chica hermosa que cada tanto ponía un encendedor ante su sonrisa? No yo al menos, ni en aquél momento. Como suelo hacer para mitigar el nerviosismo había llevado una novelita de bolsillo escrita por Silver Kane, mi escritor favorito.
Al acercarse la hora prevista para la cita acudí a la barra. Me reconfortaba tener algo para decirle a esa enigmática mujer de negro. Cerré el libro y lo guardé en el bolsillo interior de mi saco:
–Busco a Marcel Durán –le dije, tal vez con menos amabilidad de la que hubiese preferido.
–¿Quién lo busca? –preguntó con expresión displicente. En ese momento habría abandonado el resto de mi vida a cambio de un beso suyo. ¡Qué ironía si se hubiese cumplido mi deseo tan al pie de la letra! Es posible que muriera arrepentido de no haber sido algo más exigente.
–Tomás, es por un trabajo. Vengo de parte de Naty. –Cuando dije ese nombre cambió su actitud y pareció interesarse un momento, muy breve, un relámpago. Se distendió pronto y luego, ya indiferente agregó: –Aun no ha llegado. Cuando lo haga le aviso. –y se alejó cumpliendo sus tareas.
Decidí distraerme, mirar hacia otro lado, estudiar rostros y gestos, cavilar. Aunque le daba la espalda continuaba viéndola, repitiéndome sus palabras... y hoy cierro los ojos para verla y su imagen se diluye, desaparece. También me abruma una sensación como de que nunca ha existido y no es más que la sombra de un sueño triste. Por eso jamás me separaré de la novelita de Silver Kane que intentaba leer mientras la miraba de reojo, única prueba de un pasado incierto.
Todo se fue precipitando hacia el instante cruel de estar ella muerta, yo muriendo, y Marcel a punto de sorprenderme con algo más. A veces es muy extraño cómo pasan las cosas... ¡Hasta un gran nadador puede morir ahogado si alguna rama sumergida en el río atrapa su pie! Ella y Marcel lo eran, grandes nadadores: hasta caer en este remolino conmigo, que nunca sabré nadar.
4
Lucas, hermano de Naty "La pesada", y de a ratos mi cuñado: un sujeto parco, calculador, impredecible. En ningún momento manifestó que todo era idea suya ni que sus miradas y sonrisas con Celina provocaron su auto exclusión, y por esa causa mi ingreso.
Ni en el más delirante de los escenarios los habría imaginado juntos; pero suele ocurrir... En un primer momento creí que Naty propuso a Lucas mi nombre para continuar teniendo cosas en común conmigo. Ella siempre vuelve de un modo u otro; se había encadenado a mí desde el día que me dijo, con los codos apoyados sobre la mesa, el rostro sobre sus manos y unos ojitos ensoñados: –Sos muy lindo, ¿Sabés?
Lo que no supe fue qué cosa contestarle, permanecí tieso, ruborizado. Pero no hay dudas en cuanto a que entonces comenzó todo con Naty y desde allí, siempre que yo necesitaba algo aparecía ella. Me permitió meter mano a todo lo suyo, desde su piel hasta el monedero, inclusive.
Naty no es bonita, pasaría desapercibida en una isla desierta. Tampoco es fea y además, luego de conocerla imposible no amarla. Lo mío es algo raro, como si aquél que teme dañar al pajarillo tomara al fin uno entre sus manos y su temor pasara a ser entonces liberarlo, pues quizás no consiga otro semejante. Fuimos y vinimos: novios primero, amantes enseguida, luego amigos, luego amantes otra vez...
Volví a ver hacia la barra. Un hombre se había acercado a Celina. Tenía la nariz chata y ancha, muy espantosa y exclusiva. Eso era lo discordante en su figura, pues según pude ir notando luego, cuando hablamos, el resto de su semblante era agradable. Sus ojos eran claros y fríos, totalmente opuestos a los de Celina; también eran directos, sin subterfugios ni maldad.
Debo decir que me sorprendí cuando los labios de ambos se rozaron. Un instante después sentí que ella decía:
–Te busca un tal Tomás, lo manda "tu Naty". Está por allí –y señaló hacia mi mesa.
–Así que de parte de Naty... –dijo el hombre cuando estuvo a mi lado –Soy Marcel. ¿De donde la conoce? – y se sentaba mientras me extendía la mano.
–Vive cerca de mi casa, bordeamos un romance... Amigos. –No era del todo cierto cuanto decía pero casi: Jamás mentiras innecesarias, una de las frases favoritas de mi cuñado. Pues bien, así se me había exigido proceder y sobre todo jamás nombrar a Lucas, cosa que no me gustaba demasiado pues sabía que formaba parte de la nubosa zona de las "mentiras imprescindibles".
Cuando pedí razones Lucas había mirado para otro lado. –¿Lo harás o no? –había dicho luego, y los ojitos soñadores de Naty me lo rogaron: no pude olvidar cuanto le debía.
Me cayó bien Marcel, parecía simpático y ocurrente. Cuando el bar cerró nos quedamos conversando a puertas cerradas: no querían perder tiempo. Celina y él demostraban llevarse de maravillas: por mi parte, hubiese preferido que quien poseyera a semejante preciosura fuese más apuesto.
Pronto nos distendimos y charlamos mucho. Incluso Celina participaba comentando de cuando en cuando cosas triviales. Recuerdo que en una pausa de Marcel para encender un cigarrillo ella dijo:
–Porque no pienso estar detrás de la barra mucho tiempo... ¿Has oído hablar de Astrid Kirchherr?
–Jamás –acoté, entre asombrado y curioso. –¿Escribe novelas de bolsillo?
–No. Era fotógrafa, fue quien tomó las primeras fotos a los Beatles y según dicen, creadora de sus famosos flequillos.
–¿Ah sí?
–Sí, pero eso no es todo. Lo último que supe de Astrid es que trabajaba de camarera en un bar de Hamburgo. ¿Te das cuenta? Cosas de la vida... –agregó con una melancolía sobrecogedora. De inmediato mudó su talante: –¡Eso no pasará conmigo! Terminaré instalándome como fisioterapeuta algún día. ¿No es cierto Marcel?
–Esa es la idea –dijo él sonriendo. Contagiaba al sonreír, transmitía confianza y me hacía sentir bien junto a ellos.
5
El plan tenía algo de pintoresco, novedoso y arriesgado, que me sedujo de inmediato. Nunca fui un tipo audaz, y esta empresa me permitiría serlo sin demasiado peligro.
A los pocos días realizamos la fase uno. Debimos desplazarnos a un país vecino con aquellos trastos que consiguió Marcel junto a falsos carné de periodistas.
Celina dio muestras de gran solvencia en la joyería elegida, parecía una reportera de experiencia. Marcel escondía su asquerosa nariz detrás de la cámara y yo sostenía el foco. El propietario agradecía que su negocio apareciera promocionándose en un canal de televisión de un país limítrofe. Imaginaba a los eventuales turistas que llegarían luego de ver los diseños de sus joyas.
Mi tarea consistía en ir iluminando un tanto de soslayo las figuras de corresponsal y entrevistado, dando a Marcel la posibilidad de tomar escenas de todo el negocio.
Más tarde vimos la filmación una y otra vez. Se estudió el lugar, la ubicación de las alhajas más valiosas y de las vitrinas con mejor stock. También debimos comprobar la inexistencia de cámaras de circuito interno. Esta actividad previa les permitió moverse con estudiada soltura cuando se realizó el atraco. Yo esperaba en el coche a pocos metros. Festejamos.
Existieron dos cosas que en lo inmediato llegaron a preocuparme: que no se repartiera el botín y que Celina comenzara a observarme demasiado. Él me hizo comprender que había que aguardar un poco antes de vender nada, y yo llegué a sospechar que Celina me endulzaba para que me mantuviera sin pensar en las joyas.
Cualquiera puede aceptar ser tímido, pero nadie quiere pasar por tonto; ya lo he dicho, lo sé... es que siempre fue mi frase favorita, me permite creer que ser apocado no es tan terrible. Lo hice, dejé de pensar en las joyas, después de todo en el bar no se estaba mal, Celina se hallaba siempre cerca y Naty por allí no asomaba; de haber tenido un grano de astucia me habría parecido raro su momentáneo abandono.
6
Mi propósito era dejar aquello por allí nomás, y no dudo que hubiese sido lo mejor. Ellos insistieron en continuar, así que volvimos a viajar.
Con la segunda joyería repetimos acciones y resultados. Fui algo más insistente en conformarnos con lo obtenido, al menos por un tiempo, y casi lo consigo. Pero Celina había oído algo sobre la joyería "Astrid" y de la importancia de su colección.
Entonces sus miradas hacia mí se habían tornado más insistentes, además me daba la sensación de buscar momentos en los cuales charlar a solas. Entendí, erróneamente, que su actitud nacía de la necesidad de la pareja de contar conmigo, por eso no me tomé la molestia de suponer que a Marcel la cosa no le estaba gustando demasiado. Sí, lo dicho, carezco de astucia.
Nuestra gloriosa entrevista a la joyería "Astrid" dejó de manifiesto que allí tenían una cámara. Marcel y yo éramos de la idea de buscar otra. Celina encontraba romántico y promisorio que el asalto fuese allí y terminó por convencernos, a Marcel con mohines y ternura, a mí con alguna guiñada a sus espaldas.
Dado el aspecto algo andrógino de Celina no fue difícil que le ajustara el disfraz de muchacho. En cambio Marcel, con peluca y bigote nada escondía, su nariz era irrepetible. Así y todo se trazó el plan, en el cual se cronometró el tiempo de anular la cámara de circuito cerrado, extraer el casette en uso, y hacer desaparecer el del día de la entrevista. Eso limitaría el tiempo para el "arrastre" del botín, pero el precio de lo exhibido prometía buena ganancia por poco que se amontonara en el fondo de las bolsas.
Mientras conducía noté que el clima no era el mismo de siempre, nos envolvía el silencio y ninguno habló: teníamos el ánimo reprimido por inusual nerviosismo. Pensé varias veces en detenerme a orillas de la ruta, pero todo estaba en marcha y yo no suelo tomar decisiones cuestionables. Es como si a veces las cosas comenzaran a suceder sin que puedan ser contenidas, de un hervor un incendio, de una llovizna una inundación, un terremoto, un tsunami...
Al llegar detuve el coche y bajó Marcel. Luego lo hizo ella, que se detuvo un momento y me acarició: –Ya regreso, guapo –dijo. Cerró la portezuela y marchó tras Marcel a cumplir la tarea con igual dinamismo con que lo haría al salir a la cancha la selección de Raterolandia.
Tenía el motor moderando y el embeleso por el "guapo" de Celina me mantenía despreocupado. La gente, escasa pues el día era frío y gris, andaba deprisa cargando sus problemas y sin tener claro hacia dónde.
Iba a encender un cigarrillo cuando oí el disparo y de inmediato los vi acercarse corriendo, Marcel con alguna dificultad. Entraron a los tumbos y salí como llevado por mi primo el diablo y con una puerta abierta.
En la sala del médico donde llevamos a Marcel conversamos mucho con Celina. –Tan mal no salió –dijo, volviendo a respirar mientras recostaba la cabeza sobre mi hombro. Esa noche fue mía, ella también.
7
¿Cuánta sangre me quedaba aun contra el piso frío y ante el vacío inconmensurable de los ojos de Celina? Pensar que Marcel tardó quince días en volver a caminar me hacía suponer que si un milagro llegara a salvarme me llevaría por lo menos un año reponerme.
Aunque apenas me podía mover logré alcanzar la pistola que Marcel dejara sobre el sofá. No es que tanto me interesara el arma, matar a Marcel ya no significaba nada... me acerqué pues quería tomar la mano de Celina, lo cual resultó una experiencia desesperante.
Nuestras caricias secretas y cálidas mientras Marcel se reponía estaban impregnadas de una esencia misteriosa, vital, prometedora, esencia que en esa despedida trágica estuvo ausente. Aquella suerte de magia hacía emanar de nuestros labios palabras llenas de mañana, de un futuro inmediato muy lejos de aquí. En ese porvenir ella me demostraría sus habilidades fisioterapéuticas de un modo tras el cual yo nunca pensaría en abandonarla.
No era mi intención ponerme melancólico de nuevo... Siempre creímos que Marcel dormía, por eso cuando se recuperó y habló de alquilar por unos días una casa en el campo no pudimos negarnos. Ocupados en menesteres más ardientes, como estuvimos mientras fue posible, aun no habíamos establecido el momento de volar juntos, así que allá fuimos los tres: dos más uno lío.
Apenas entramos a la casita nos dijo que lo sabía todo y extrajo su arma. No soy hombre de acción y me mantuve inmóvil. No le importó demasiado pues de todos modos disparó sobre mis piernas. Celina intentó algo pero él de inmediato blandió la pistola en el aire: –¡Quieta! –le dijo.
Fue la primera vez que noté sus labios sin su peculiar afabilidad. La nariz le temblaba con bufidos de hipopótamo. No dijo más nada. Con suma frialdad disparó nuevamente y el círculo granate apareció en la frente de Celina. Mientras caía desarticulada casi se podían ver, escapando por el siniestro orificio, todas sus ilusiones: su consultorio, su túnica blanca y corta, su cofia almidonada, un gran amor...
Luego, mientras yo aun no movía un músculo Marcel me apuntó con calma y disparó dos veces más: pie y estómago. No me importaba, quería morir, sentía que no podría continuar sin Celina. Pero él abrió la puerta, se volvió un momento antes de salir y dijo: –No te mueras todavía, tengo un par de sorpresas más.
8
Cuando regresó, abriendo la puerta de una fuerte patada, ya me sentía muy débil. Entre sus manos traía una caja de cartón.
–¿Aun no te morís, verdad? ¡Fantástico! –dijo. Llevaba una sonrisa forzada y la expresión de su rostro me daba la certeza de que su venganza no sería liviana.
–Te prometí dos sorpresas y yo sí tengo lealtad. No te quedarás solo, te acompañarán ciertos famélicos roedores, se sentirán felices con alguien tan grande y de su especie para matar el hambre.
Tiró al suelo el bulto que traía, del cual comenzaron a salir ratas que luego de husmear el aire con su hocico mugroso partían en distintas direcciones. Una subió al regazo de Celina y olisqueó la sangre que surcaba su vientre. No pude seguir mirando y volví mi vista hacia Marcel.
Con muy buen humor levantó una mano; con ella y también con su boca ataviada de obelisco parodió una dentellada en el aire y agregó: –Pero no es todo, tengo algo más que mostrarte, aguarda algunos minutos más...
Pretendía crear una expectativa que yo no estaba en condiciones de interpretar en forma cabal. Comenzaba a sentirme mareado y las ratas asediaban el cuerpo de Celina y el mío, lamían la sangre derramada y se me erizó la piel al imaginar sus bigotes rozándome; sentía que ya no tenía fuerzas para ahuyentarlas y esperaba superar el trance con un definitivo desmayo al nunca más.
La mirada terrible de Marcel continuaba observando la escena como un Nerón absorto en los alcances de su proeza. De pronto pareció volver a la realidad, ladeando la cara ante el sonido de pasos femeninos que se acercaban.
Cuando finalizó el taconeo Marcel se apartó dejando a la vista a una mujer. ¡Qué mujer! Mi incomprendida Naty estaba allí, horrorizada de ver el estado en que me encontraba pero con un arma en la mano.
–No temas, –le dijo Marcel –el desgraciado se está yendo, puedes guardar el arma y disfrutar del espectáculo.
–No, yo lo haré. Nunca lo hice y deseo hacerlo. –dijo Naty con un realismo que me erizó la piel. Sus palabras me hicieron recordar la pistola que yo había recogido. Con mis últimas fuerzas la levanté.
El asombro se reflejó en las facciones de ambos. Dudé en a quien disparar primero; era una de esas dudas insignificantes que sin embargo nos dan la sensación de eternas. Quise darle a él, pero siempre había eludido aferrar una pistola y el proyectil impactó en la pared. Un lastimero "clic" me hizo cerrar los ojos tras el segundo intento. Comprendiendo que mis cartas estaban echadas dejé caer la inútil pistola.
¿Hasta donde el destino impidió que le disparara a Naty y acertara? Creo que algo interno en mí siempre habría impedido que lo hiciera; cuando así se lo he dicho ella ha puesto cara de no tener dudas en que yo jamás podría hacerlo. Me da cierta gracia su seguridad, ¿será la misma gracia que mis acciones le causan a mi perro?
9
Tiempo atrás Lucas le había sugerido –harto de sus tragedias lacrimosas y mi escaso interés en ella –que buscara la forma de seducir a Marcel y de paso mantener control sobre su idea. Es que si Lucas no vende el alma es porque no encuentra al diablo...
Todo el andamiaje de los atracos fue creado por Lucas pero los celos de Marcel los distanciaron antes de llevarlos a cabo. Allí entró Naty a la partida y yo fui la última pieza...
¿Cómo hizo ella para conquistar a Marcel? He preferido no imaginarlo. Además de resultar imposible no quererla Naty sabe ser insistente; incluso para alguien que tiene a su lado a la más hermosa mujer que me ha mirado.
Así fue que el lazo se fue cerrando, todas las opciones que fui tomando me llevaron a ese momento, a esa danza con la muerte donde sólo podía rogar para que me eliminaran de una buena vez. El rostro de Naty se mostraba repugnado e imagino que ante la visión de las ratas tenía la misma urgencia que yo en que todo terminara. En ese momento pensé en lo terrible que sería que fuese ella quien me rematara. ¿Habría sido merecido?
–¿Quieres que lo haga yo? –le preguntó Marcel, dando muestras de que también a él la escena comenzaba a disgustarlo.
–¡No! Lo haré yo... –contestó ella con total naturalidad. Levantó el arma y fue tan rápida y certera que de tan cerca que estaba la sangre de Marcel salpicó su brazo. Las ratas se mostraron sorprendidas y por unos instantes desaparecieron de la vista. Yo me mostré sorprendido y sentía que amaba a esa mujer más que nunca. Naty parecía sorprendida, era la primera vez que disparaba sobre un ser vivo y le dolía la muñeca. Marcel no se mostró sorprendido, tras desplomarse quedó como dormido y hasta daba la sensación de tener placenteros sueños.
–¡Vamos! –dijo Naty –Debemos salir aquí.
–¡No! No podemos dejar a Celina con las ratas. No sugiero el Panteón Nacional pero al menos deberíamos llevarla a otro sitio.
–Eres tan imbécil como para permitirte ese agónico buen humor... ¡Patético! A ver si me largo sola y te dejo con tus amiguitos... Temblé. Uno nunca está seguro por donde le llegará la locura a una persona querida.
Ella pareció meditar, estaba algo llorosa y con una ansiedad que me hizo recordarla anta la inminencia carnal. Después dijo: –¿Y se supone que debo hacerlo sola?
Exacto. No sé como lo hizo, no estuve para verlo. Cuando desperté manejaba a mi lado. Miré el asiento trasero y antes de que se lo preguntara comentó: –Tu chica está en el baúl. ¿Qué harás con ella?
–Debemos sepultarla en algún sitio, no puedo dejarla como a un paquete de basura –dije muy decidido pero muerto de frío.
–¡Qué tierno y honrado! ¿Eres igual con todas? Ya me comuniqué con Lucas. Nos encontraremos en el próximo hotel, habrá un médico y luego Lucas se hará cargo del resto. ¿Qué flores prefieres?
–No importa cuales pero muchas, que la cubran de flores... y no más preguntas Naty, no más preguntas.
Vamos que estoy de liga... Lucas se ha encargado de comerciar las joyas durante mi convalecencia ufanándose a todo momento de su ingenio. ¿Qué podía yo decir dolido y entubado? Además, permitiendo siempre que las cosas se resuelvan solas me considero práctico; también, a veces, mucho más tonto que tímido.
Estos últimos días me he sentido feliz pues Lucas de todos modos dividió en dos conmigo; no es de extrañar, sabe bien que lo compartiré con su hermana.
Como siempre accediendo a mis caprichos ella no ha puesto objeciones en que Astrid sea el nombre de la niña que esperamos. Aunque el futuro es auspicioso hay, sin embargo, un pensamiento que no me deja dormir: ¿Tendrá Marcel algo que ver en eso?
Naty jamás me lo ha contestado amparándose en la consigna de que fui yo quien sugirió que no más preguntas, así que de lo sucedido ya no hablamos. Pero tengo una carta en la manga y lo sabré de todos modos. Lo veremos luego de producido el parto: la nariz de la pequeña será reveladora.
Félix Acosta Fitipaldi © "Crímenes perfectos" 2002
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