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Ardilla Roja y el Lobo

Ardilla_Roja

Autor Ardilla_Roja

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Publicado el 11/04/2008 | 94 Visitas | 0 Comentario(s)


Era cálido y olía a agua de Loewe. Me aferré a él en un fuerte e intenso abrazo cuando me ayudó a bajar del coche. Se le notaba fuerte y musculoso, lo que me reconfortaba. Levanté la cara para ver cual era el aspecto de la suya, pero empezaba a oscurecer y apenas pude distinguir el contorno. Estaba aturdida, se parecía al rubio cachas con el que había salido del pub y al que entregué las llaves de mi coche, sin embargo, ahora aparentaba ser mucho más alto.

-¿Te conozco? Balbucí...

Sonriendo puso su dedo índice sobre mis labios para hacerme callar, pero no dijo una sola palabra. Me tomó de la mano y me hizo entrar en una casa que a esas horas, en las que la bruma empezaba a deslizarse entre los árboles, tenía el aspecto de una casa encantada. Una casa de cuento no muy grande con las paredes forradas de madera, en la que languidecían unas ascuas en la chimenea. En poco tiempo fueron reavivadas por sus expertas manos lo que hizo que se inundara la estancia de reflejos envolventes de naranja y ámbar. Las sombras, adormiladas comenzaron a hacer cabriolas en las paredes y si una palabra puede resumir lo que transmitía ese entorno, es simplemente, magia.

Se acercó a mí como si fuese a besarme en la boca pero en vez de eso, llevó sus labios cerca de mi oreja, metió su nariz en el hueco que queda entre mi cuello y el hombro y ahí se quedó… respirándome. Me sentía desconcertada, turbada, mareada, no tanto por lo que había bebido si no por mi actitud. Había entregado las llaves de mi coche a un desconocido que me había llevado a su casa, del que no recordaba su nombre y por el que sentía un extraño e intenso magnetismo. Algo me decía que saliera corriendo mientras me quedase un poco de lucidez, pero por otro lado… la tibieza de su aliento me tenía pegada a él, igual que un imán a un clavo. En toda mi vida había sentido nada igual.

Me desabrochó la blusa sin brusquedades, se notaba que sabía tratar a una mujer y despacio puso sus manos sobre mis pechos presionándolos con suavidad. Dio una vuelta en torno a mí acariciando mi pelo, lentamente, como un lobo que acorrala a su presa, que la hipnotiza y la deja como él me tenía a mí, alelada, inmóvil y a su completa merced.

Por la ventana se veía el bosque sumergirse en la más intensa negrura. En la chimenea crepitaban los troncos haciendo bailar el fuego, y mientras mi lobo exploraba esta nueva tierra, la primavera parecía renacer. Montes, colinas, valles… el monte bajo bordeado de musgos y humedales, olía a encina verde y a violetas. Y así, poco a poco, inmersa en ásperos aromas de resina de pino, mantillo y retama, se apoderó de mí una sensación desconocida por lo remota.
La firmeza de sus manos, la textura de su piel, su barba de dos días cosquilleando en mi ombligo, hacía crecer en mí un río de amplias orillas; un amazonas tropical e impetuoso, deseoso de ser navegado. Las mías, al timón de una barca ansiosa por hacerse a la mar, trazaban círculos bordeando márgenes en un camino ya sin retorno.

Había llegado el momento de soltar el remo, zambullirse, y nadar. Sumergirse como un pez en las aguas más profundas, dejarse arrollar por las olas y mojarse de salpicaduras saladas. De bailar juntos, muy pegados como dice la canción, haciendo piruetas de delfín y ser acunados por el mar de las emociones. Bracear…y empujar con fuerza como un salmón que navega río arriba, una vez y otra… y otra....

En pocos minutos un maremoto sacudió mis entrañas e inconsciente, quedé de nuevo abrazada a él.

Desperté por la mañana con una fuerte sensación de resaca, mas de sexo que de alcohol, bajo la atenta mirada de sus ojos que en ese instante me parecieron tan azules como el mismo cielo.
-¿He muerto? Dime que he muerto y que eres un ángel. Le dije con más nerviosismo que vergüenza. Volvió a taparme la boca con el dedo.

-No has muerto, y no soy un ángel. Estás deliciosamente loca y puede que yo también lo esté, pero me gustas. Es lo único que se.
Siguió hablando, pero no podía oírle. El bombeo de la sangre en mis oídos me dejó sorda de repente, y sólo escuchaba el eco de ese ‘me gustas’.

Por cierto, anoche no te dije mi nombre. Me llamo Roberto.


 


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