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Enviar un mensaje privado Autor amcafe
Trabajaba en una oficina bancaria en un pequeño pueblo muy cerca de la gran ciudad. No había excesivo trabajo, por lo que la relación con los clientes era muy personalizada e incluso sin darte cuenta entablabas amistad con algunos. Uno de mis clientes, en este caso una clienta, era una señora casada, de treinta y tantos años, con tres hijos, el mayor de 10, muy guapa, de muy buen ver, que me gustaba mucho y que siempre que podía acudía a mí, aun cuando mi compañero estuviese más libre de trabajo. Mientras la atendía, si no había cola y era lo más probable, pues era una sucursal pequeña, propia de un pueblo pequeño, siempre hablábamos y comentábamos diversos temas. Yo notaba que la conversación con Milagros, la clienta en cuestión, no era solo de compromiso, por cortesía, parecía existir una corriente de simpatía entre los dos. Aunque me gustaba una enormidad, con solo verla ya me excitaba, como era una señora casada y encima clienta, no me atrevía, como es natural, a llevar la conversación más allá de ciertos límites honorables, sumando la circunstancia también de que a mi lado tenía a un compañero de trabajo y además podían estar otros clientes, pero un día la señora me dijo como cayendo la cosa que algunas señoras iban a merendar al Corte Inglés. Por la tarde me puse a pensar sobre la frase y, por si acaso se trataba de alguna insinuación, acudí a la cafetería del Corte Inglés. Estuve yendo varias tardes seguidas, tenía las tardes libres, no tenía gran cosa de hacer y no perdía nada, y una tarde observé que estaba en la barra tomando un café. La saludé, me senté a su lado y nos pusimos a charlar. Yo me hilvanaba los sesos pensando en cómo insinuarme, en cómo abordar la conversación para llevarla a mi terreno, pero estuve muy torpe y hablaba con ella como lo hacía en el banco, sin insinuaciones picantes, no me salían. Salimos de la cafetería y ella me dijo que tenía el coche en el garaje del Corte Inglés y si quería que me llevase a algún sitio. Yo vivía cerca, no tenía necesidad de ir a ningún sitio, pero acepté por intuición y le indiqué una dirección arbitraria a la que quería ir. Bajamos al garaje, nos sentamos en el coche, yo estaba muy tímido, pero al mismo tiempo muy excitado y en un arranque de coraje le cogí las manos y empecé a besárselas, a tocarle las rodillas, los muslos, a besarla de forma desaforada, besándole la boca, las mejillas, sus orejitas, sus pechos, pues mis manos eran pulpos y mis labios estaban ávidos de su piel. Ella me apartó con suavidad, me dijo que estuviera quieto, que nos podían ver y que podía arrugarle su ropa. Me indicó si tenía apartamento, le dije que tenía una habitación alquilada, me insinuó que dejase la habitación y que buscase un apartamento o un estudio muy discreto donde podríamos vernos. Busqué un estudio céntrico y allí nos veíamos. Ella dejaba el coche en el garaje del Corte Inglés y a pie acudía a mi pisito, que estaba en una calle céntrica, pero apartada, muy discreta. Milagros me enseñó allí el sexo total, pues hasta entonces, aunque tenía ya veintitantos años, solo había penetrado a profesionales del sexo y con las chicas normales no había pasado de alguna felación y masturbación y morreo, pero nada más. Durante dos años nos veíamos todos los jueves a la misma hora y practicábamos sexo anal cuando ella tenía el periodo. Entonces n o lo sabía, no tenía experiencia, pero ahora sé que Milagros era una mujer muy ardiente, muy ganosa, muy golosa, le encantaba el sexo oral y la práctica de todas las posturas factibles, pero su preferida era cuando ella me montaba a mí, aunque no hacía nada de asco a la postura de las cuatro patas, ella abierta dispuesta a recibirme.
La relación duró dos años, en los que la excitación y el morbo se mantuvieron hasta el ultimo día. Finalizó cuando ella tuvo que cambiarse de ciudad porque su marido, un ingeniero con alto cargo en una empresa, fue trasladado a otra gran ciudad. Nos mantuvimos en contacto por teléfono algunos meses, pero notaba que su interés decaía y casi le molestaba que la llamara. Con toda seguridad había encontrado en la otra ciudad un amante.
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