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Afrodisíaco
Suena un teléfono. Una chica, en ropa interior (que está
buenísima y todo eso, porque sino, poco interés podría tener esta historia)
corre a cogerlo. Está sola y así se siente más cómoda. Suena la voz insegura de
un chico:
- Hola
- Hola
- ¿quien eres?
- ¿no me conoces?
- Ah sí, perdona, dime
- ¿tienes algún plan para el jueves por la noche?
- No se, supongo que tendré cosas que hacer. Pero todo es posible
- Quisiera invitarte a cenar
- ¿dónde?
- En mi casa
- ¿en tu casa?
- Sí, se cocinar varios platos
- ¿en serio? Sorprendida me dejas
- Para algo tenía que servir
- Espero que no sólo para cocinar – dice ella con voz provocadora
- Bueno, ¿te apuntas? - pregunta él con cierto temor
- Uf, no se, tengo tantas cosas que hacer
- Será poco tiempo. No creo que hayas probado nunca los platos que te voy a
preparar – dijo él suplicante
- Uf, venga vale, pero no duraré mucho
Se sentía eufórico. Por fin, tras tanto tiempo iban a cenar
a solas. Estuvo preparando todo durante días, la cena, la mesa, la ropa que
vestir, el tipo de vino, la música ambiental. Y lo más importante, los
ingredientes. Tenía que escoger una serie de platos dónde no faltaran el anís,
los espárragos, almendras, rúcula, aguacate, plátanos, chocolate, zanahorias,
café, higos, ajo, miel, mostaza, ostras, piña, frambuesas, fresas, trufas,
vainilla y por supuesto vino. No le importaba gastarse un dineral en semejante
cena. Era su única oportunidad y quería aprovecharla con estos ingredientes
encontrados en internet e históricamente afrodisíacos. Llevaba años
cortejándola, intentando salir con ella de mil formas. Creía que si conseguía
seducirla, traspasar esa frontera, ya podrían estar juntos el resto de sus
vidas. Que sólo había que dar ese paso crucial y entonces le amaría para
siempre. Pues casi toda relación amorosa, había surgido de las circunstancias
más casuales.
Ella era consciente, pero pasaba de él. Le parecía un pim pim agilipollado y
nenaza, muy majo eso sí, pero lejos de algo parecido a un hombre. ¿por qué
aceptó? Quizás por pena, quizás porque alguna vez le dijo que “en otro momento
quizás” y ya se sentía mal tratándole así. Al fin y al cabo, era muy agradable
su interés y su esfuerzo. Que mínimo que ofrecerle su compañía durante un par
de horas para compensarle. ¿y quien rechaza una cena dónde sería tratada como
una reina?
Él le agradaba, en el fondo no quería que desapareciera de su vida y además, le
conocía poco y este sería el modo de demostrarse a sí misma que no le atraía en
absoluto, tras unas horas de conversación. Le mosqueaba la idea de que
intentara algo, pero parecía demasiado cobarde para lanzarse.
Llegó el jueves por la noche y ella apareció más o menos
mona, pero informal, dando a entender la poca importancia del evento. Él,
preveyéndolo, tampoco se engalanó demasiado para no hacer el ridículo. Ni
siquiera puso unas románticas velas, aunque las tenía por ahí cerca si la cosa
se animaba. La sentó en la mesa y le fue trayendo diversos platos. Ella estaba
encantada con tanto esfuerzo y servicio puestos a su servicio, sólo para ser
agradada.
Se sentaron y se pusieron a comer. Al ser verano, procuró preparar platos
fríos. Así podrían hablar más sin temor a que se enfriara. Como chico previsor
y meticuloso que era, se hizo una lista de temas de conversación para romper el
hielo y no tener nunca un incómodo silencio. La charla fue agradable y ella
estaba disfrutando más de lo que esperaba. Se alegraba de haber quedado con él.
La comida estaba exquisita, la conversación era interesante y se sentía muy
alegre, ilusionada y despierta. Cuando terminaron le ofreció tomar una copa en
el salón. Aceptó de buen grado, pidió más copas, se fue animando y riendo cada
vez más. Se miraron de forma más constante, más directa y descarada. Y
ocurrió...
Se despertó en la cama de él y esta se encontraba vacía. Al
momento apareció, trayéndole un desayuno, sonriendo y preguntándole cómo había
pasado la noche. Ella dijo que bien, pero se sentía confusa, muy confusa. Le
agradeció el desayuno, pero apenas pudo comer. Se inventó una excusa y se fue
corriendo a casa.
A él le extrañó un poco ese comportamiento, pero no quiso darle importancia.
Era feliz. Lo había conseguido, después de tanto tiempo. Los últimos años, no
había dejado de pensar en ella cada día que pasaba. Cada vez que hacía un
trabajo, cualquier labor doméstica se preguntaba...¿qué pensaría ella de que
haga esto? Y si tomaba un café, un té, veía una película o daba un paseo,
imaginaba cómo le gustaría estar compartiendo ese momento con ella. No había
nada que hiciera en su vida cotidiana en lo que no tuviera en cuenta lo que
podría pensar, opinar, sentir y que no quisiera compartir con esta mujer.
Ella mientras tanto, llegó a casa, sintiendo náuseas, no por él, que le había
empezado a agradar mucho más, sino porque algo en esa noche no había sido
natural en ella. Casi pensó, que el acostarse con él lo había estropeado todo.
No supo lo interesante que le podía parecer ese chico hasta esa noche, sin
contar que pocos habían hecho tanto esfuerzo por ella en su vida. Tanto
interés, no podía dejarla indiferente. Pero ahora, después de lo que había
pasado, sentía asco de sí misma, por haberse comportado de forma tan
antinatural en ella . Y ese asco, también lo sentía hacia su cómplice.
Él la llamó al poco tiempo, pero no le cogió el teléfono. Hasta llamó desde una
cabina para ver si así se lo cogía, pero no contestaba nunca. No quería saber
nada de él.
Así se pasó, varios años, preguntándose como había podido perderla justo cuando
creyó haberla conseguido. Soñando que le llamaría, que aparecería en su trabajo
o en su casa, pidiéndole perdón y diciéndole que quería que lo intentaran.
Pero eso nunca ocurrió
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