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Enviar un mensaje privado Autor amcafe
Tendría unos 13 o 14 años y estaba enfermo en la cama aquejado de un fuerte resfriado. Tenía bastante fiebre, estaba aterido y al mismo tiempo sudaba copiosamente, por lo que Adela, la interna que teníamos en la casa, una chica robusta, fuerte y muy hacendosa, de unos 18 o 19 años, me aplicaba una toallita por el pecho para secarme el sudor. En un momento dado, la chica se desprendió de la toallita y empezó a masajearme el pecho, a friccionármelo. Poco a poco, de forma imperceptible, su mano fue bajando más y más hasta llegar muy cerca de mi entrepierna. Me sobrevino una muy fuerte erección ante el contacto cálido de la mano de Adela que, sin mirarme para nada, su vista se dirigía a un punto determinado de la pared, en un momento determinado, empezó a acariciar mi pene, primero con los dedos para terminar finalmente en una clásica masturbación. Yo hacía ya algunos meses que me masturbaba por mi cuenta, pero era la primera vez que una mano ajena me propiciaba ese placer. Recordándolo retrospectivamente caigo en la cuenta que Adela lo hacía muy bien, no era ninguna principianta, desde luego, no era la primera vez que masturbaba a un chico, quizá ya lo había practicado muchas veces, bien a algún novio del pueblo del que procedía o quizá a algún novio nuevo de la ciudad, cosa nada extraña, pues era una chica muy agraciada, con muy buenos encantos femeninos, unas piernas espléndidas y unos pechitos más que mareantes. Pese a mi sorpresa inicial, no dije nada, ella tampoco me decía nada, y la masturbación se desarrolló en silencio hasta mi orgasmo y eyaculación finales. Con la toallita con la que me había limpiado antes el sudor me quitó el semen esparcido por mi cuerpo y por la sábana y como si tal cosa me dijo sin más ni más que descansara y que procurara dormirme, para que me bajara la fiebre.
Comía al mediodía solo con Adela, pues mis padres trabajaban lejos de la casa y comían fuera y mi hermana también comía en su colegio que estaba ubicado en las afueras, mientras que yo acudía a un colegio muy cerca de casa. Adela y yo llegamos a intimar mucho, quizá demasiado. Adela me hablaba de los chicos, de lo que les gustaba hacer. Yo le preguntaba qué les gustaba más a las chicas, pero ella era más remisa en ese tema. Ella era la empleada de mis padres, pero nosotros manteníamos una relación de igual a igual, de mucha confianza mutua, sobre todo a partir del día en el que me masturbó de la forma reseñada. La confianza llegaba muy lejos, ella me dejaba que le tocara sus piernas, que le acariciara sus pechitos y me enseñó también a besarla. Un día me cogió de la mano y se la introdujo entre sus braguitas y yo noté una selva de pelitos, y una abertura carnosa, caliente, que desprendía un olor muy característico. Me indicó cómo acariciarla con los deditos, de qué forma le suministraba más placer, y un día me puso de rodillas delante de ella, me cogió la cabeza y la hundió entre su entrepierna y me invitó a que lamiera y chupara su abertura y me indicó cómo hacerlo y la forma que más le gustaba a ella. Me enseñó a buscarle y encontrarle el clítoris y de qué forma tenía que presionarlo para que el placer fuera más intenso. Adela era muy egoísta, ella solo me masturbaba a mí, en ningún momento me chupó mi pene, a pesar de que en alguna ocasión se lo pedí de forma encarecida.
Una noche mi madre me dijo que había despedido a Adela porque la había sorprendido con un chico dentro del portal de la casa en una posición nada conveniente, y no me dio más detalles. Adela se fue sin despedirse de mí. Quizá el motivo real del despido fue la sospecha de mi madre de que hubiera pasado algo entre Adela y yo en la hora de las comidas. Intentó sonsacarme algo mi madre en tal sentido, pero yo me hice el inocente, como es natural. Me costó mucho tiempo quitarme a Adela de la cabeza, prácticamente toda la adolescencia estuve pensando en ella. Nadie olvida jamás su iniciación al sexo.
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