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Sitio Web del AutorAutor Durango
El amor es ciego. Habitual sentencia.
¿Quién es el juez de la salud? -se preguntaba Aristóteles.
¿Por qué se ha de considerar como más certero el punto de vista del indiferente y no el del enamorado? Tal vez la visión amorosa es más aguda que la del tibio. Tal vez haya en todo objeto cualidades y valores que sólo se revelan a una mirada entusiasta.
Creo que, antes que ciego, es el amor zahorí, sutil descubridor de tesoros recatados. A mi juicio, si se analiza el fenómeno de este sublime sentimiento, se encuentra pronto que el amor no ve, pero no porque sea ciego, sino porque su función no es mirar. El amor no es pupila, sino más bien luz, claridad luminosa que recogemos para enfocarla sobre alguien y, gracias a ello, queda la persona favorecida con inusitada brillantez y manifiesta sus cualidades con toda plenitud.
Podrá darse el caso de que el enamorado crea ver lo que, en rigor, no ve. Pero eso nos pasa frecuentemente en la visión material de las cosas, sin que por ello nos declaremos ciegos habituales. Lo normal es que el amante tenga del ser amado una visión más exacta que el indiferente.
No; el amor ni miente, ni ciega, ni alucina; lo que hace es situar lo amado bajo una luz tan favorable que sus gracias más recónditas se hacen patentes. El amor es, por lo pronto, un grado superior de atención. Sería más acertado, más agudo y más sabio envidiar al hombre apasionado que tacharle de iluso.
Su paisaje es tan real como el nuestro, sólo que es mejor.
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