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Sitio Web del AutorAutor LuisBermer
La noche era calurosa, apenas traía brisa para alejar
los fantasmas que nacían de su habano; Julio, don Julio, sentado en el ático de
su mansión solitaria junto a la cala privada, rodeado de tierras innecesarias
herencia de crímenes a fuerza olvidados y verjas de acero aún más innecesarias
por ser antes las del miedo que en sociedad llamaban respeto, contemplaba el
negro mar invertido del cielo. El murmullo incesante resucitaba recuerdos a la
lejanía, que la vacía esponja de su presente
se encargaba de enjugar. Alguien debió decirle al aspirante a capo
Julio, después Don Julio, que ni los zapatos de cemento copiados de las
películas, ni el hilo de acero, ni las blancas rayas de polvo y el agua de fuego, ni el dinero a toneladas, ni las
noches orgiásticas de sexo catártico podían acallar la eterna voz susurrante de
los muertos. Y no es que no pudiese disfrutar de estos clásicos placeres, pero
ahora había de compartirlos con ellos, sus miradas fijas, su constante presencia.
A veces se preguntaba si el camino hacia ésta, su ambicionada cumbre, mereció
la pena. La respuesta siempre era un amargo trago de whisky.
El
mar, el mar, la vida, la muerte. Qué pequeño resultaba todo junto a la
inmensidad. Su contemplación era lo único que en este mundo no le provocaba
hastío, con su ir y venir clamoroso e idéntico de olas, días y espuma.
Volvieron a él aquellas travesías en el interior de barcos que eran juguetes en
sus caprichosas manos de gigante pueril, inconsciente de su inmenso poder;
todas las emociones se sucedían entre el gemido de los aceros, un embrujo que
se desvanecía al pisar tierra, dejando en su lugar un poso de anhelo, una
llamada que, tarde o temprano, obtenía su respuesta. Y su regreso.
Nada
se movía ya en la noche, salvo el mar, inquieto. A través del vapor de sus
ojos, Don Julio, hipnotizado, veía las olas limpiando la arena, brazos de una
gigantesca ameba, tímida a pesar de su monstruosidad. A pocos metros de la playa, donde el agua aún
no llegaba hasta el cuello, apareció un bulto negro. El bulto, muy lentamente,
como si hubiese de vencer una gran resistencia, avanzó hacia la playa; y según
iba avanzando, el bulto se adivinaba como la cabeza de una emergente figura
encorvada. Don Julio se restregó los ojos, pero la imagen persistió. Ahora el
agua le lamía las rodillas y no cabía duda de que era un hombre, cubierto de
harapos y algas o alguna suerte de camuflaje para pasar inadvertido, como un
comando de las fuerzas especiales del ejército. Al fin había ocurrido. Don
Julio sabía que, tarde o temprano, los sobornos y otros resortes oscuros
dejarían de proporcionarle esta burbuja de protección en la que vivía; pero
nunca imaginó el modo mediante el cual tenderían la trampa; tal vez por
considerarlo como algo poco probable e impreciso. O era eso, o el despistado
buzo había elegido el peor lugar para perderse.
No era un comando, desde
luego. Ahora veía, con los ojos bien abiertos, los movimientos innaturales con
los que ese hombre arrastraba su cuerpo tambaleante playa adentro, dejando dos
surcos paralelos en la arena tras de sí. El no era un hombre miedoso, nunca lo
había sido; las contadas ocasiones que tuvo el pánico para recorrer sus venas
hubiesen detonado el corazón de cualquier otra persona, aún entre los más habituados
al espectáculo de la sangre puesta en libertad. Y sin embargo, la visión de
aquel deforme, enajenado, o quien diablos fuese, comenzaba a inquietarlo,
motivo sobrado para disparar su inestabilidad, su orgullo homicida. Los chicos
de confianza habían bajado al pueblo a divertirse por orden expresa. Quería
soledad esta noche, y ya había un intruso –con dos cojones, eso sí-
distorsionando sus planes; así que tendría que encargarse personalmente del
asunto. Echó una última ojeada por encima de la balaustrada hacia aquel loco
penetrando en sus propiedades, que estaba mucho más cerca, aunque no lo
suficiente para que las estrellas y la luna iluminasen su rostro. Llegaba
entonando un mecánico murmullo tan grave como el rumor del agua, pero no pudo
distinguir palabras desde la altura que los separaba. Don Julio dio media
vuelta y corrió a su despacho. Allí destrabó del armario su viejo Kalashnikov,
regalo de su contacto moscovita Nicolai, muerto en un desafortunado mal negocio
meses atrás. Tomó un par de cargadores y salió de nuevo al ático. Dispuso el
arma para abrir fuego y, acomodando su culata al hombro, buscó la cabeza del
desconocido con la boca del cañón de acero. Pero éste ya se hallaba fuera de su
alcance. Los surcos gemelos en la arena conectaban el mar con el pórtico de su
mansión. No pudo localizarle hasta que dos golpes de fuerza brutal impactaron
contra la pesada puerta principal, reventándola en cientos de astillas y
esquirlas de vidrio que repiquetearon como
llanto de tormenta sobre el hall. Acababa de invadir su hogar. Don
Julio, aplastando su temor bajo la estampida de una rabia incontrolable,
atravesó a la carrera su despacho y comenzó a descender por una de las
escaleras de suave curvatura que conducía hasta la planta baja, a la altura del
inmenso recibidor. Escalón a escalón, la correa del arma anudada al antebrazo,
un pie tras otro, Don Julio salió al encuentro del invasor, mientras el
murmullo balbuceante de su cántico de palabras sin aire penetraba, ahora sí,
con abrasadora claridad por sus oídos.
En
la noche serena, por encima de la ensoñación sonora de la espuma y la sal, se
escucharon treinta disparos ininterrumpidos. Y un solo grito.
* * *
Se
encuentra en la segunda planta, subiendo por la derecha –indicó el agente.
El
inspector Núñez entró en la estancia. Un fortísimo olor a whisky inundó sus
fosas nasales instantáneamente. Y a pesar de la escena ante sus ojos –modo
curioso el que a veces emplea el cerebro al operar-, el primer pensamiento que
esbozó su mente fue que el lujoso cuarto de baño era tan amplio como el salón
de su casa. Después se percató de la presencia del comisario Torres tras su
desgastado bigote.
-Le
estaba esperando, Núñez. Empezaba a retrasarse.
-Parece
un ajuste de cuentas.
-¡Vaya! ¿no me diga? Su sagacidad no deja de
sorprenderme. Y yo pensando en un desafortunado accidente doméstico.
Del
borde de la bañera colgaban los pies de Don Julio, sumergido por completo en
líquido ambarino. Las manos aparecían crispadas, los ojos conservaban una
mirada particularmente horrible de terror cristalizado en el tiempo. La
mandíbula, desencajada o rota por descontado, permitía que el manojo de habanos
permaneciese obstruyendo la boca en cruel angulación.
-Bueno,
pues ya podemos empezar a recorrer la lista de los doce mil sospechosos que
deseaban la muerte del angelito.
-¿Alguna
pista o indicio revelador, en primera instancia?
- A ver que le parece a usted esto; yo
todavía no sé muy bien como
interpretarlo –dijo el comisario, tendiéndole una caja de habanos vacía cogida
con las enguantadas puntas de dos dedos.
Sobre la fina tapa de la caja de madera,
una inscripción rasgada:
Felicidades, papá
Madre mía, es con diferencia el relato con mayor calidad literaria que he leído en mucho tiempo, se nota que no eres un simple aficionado. Has sabido narrarlo todo con el tempo exacto, haciendo largas las partes necesarias, y cortas, apenas sugiriendo, las escenas más clave. Me gustó la "persecución" y ese tono a caballo entre la novela negra y lo sobrenatural que empleas en el relato. Mi enhorabuena.
Gracias por tus palabras, Ecco. Pero te aseguro que cuando lo escribí...¡vaya que si era un aficionado! (tendría unos 20 años; y aún lo sigo siendo, pero supongo que el tiempo y la experiencia son un grado en positivo...aunque no siempre...XD). Como te decía, para mí el tiempo del lector es sagrado; sólo escribo el tipo de historias que me gusta encontrar a mí cuando leo ;D
Coincido con Ecco, es un relato de un nivel literario altisimo. Me gusta como logras sacarle todo el jugo a argumentos simples ( no es lo primero que leo de tu autoría)
¡Y lo escribiste con 20 años!, sin palabras.
Qué gratas tus palabras, AAF -y qué fácil acostumbrarse a su música :D-.
Desde luego, son un incentivo a seguir mejorando.
Aún queda mucho por hacer ;)
Gracias Anicastro38. Creo que cada uno debe expresarse con su voz, su tono; no creo que las haya mejores o peores, sino diferentes, y eso es lo que hace esto interesante...
Y me alegra que la mía te suene bien ;D
Hasta pronto.
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